Los 8.131 municipios del reino ya cuentan con un nuevo alcalde o alcaldesa. El voto en las municipales no otorgó mayorías claras y, en consecuencia, se puso a trabajar la combinatoria. Al final, si bien ha habido acuerdos para una opción y su contraria, la correlación de fuerzas concreta se ha acabado imponiendo a la pura posibilidad matemática en la inmensa mayoría de lugares.

Las candidaturas del llamado municipalismo del cambio han resistido muy mal el paso por las urnas y han perdido la mayor parte de lo que consiguieron en 2015. Las excepciones han sido Cádiz, Valencia, Barcelona, con un acuerdo contra natura con Valls y el PSC, y Zamora, que siempre fue por otra vía. Casi nada se ha salvado. En muchos casos, la miríada de listas concurrentes dentro del espacio a la izquierda del PSOE han tenido que sumar sus votos a los de este último a la hora de formar gobiernos.

El PP ha perdido mucho peso en voto popular, pero puede sacar pecho gracias a sus acuerdos con Vox y C’s. Acuerdos que le garantizan el gobierno del ayuntamiento en Madrid y de su Comunidad.  C’s obtiene poca tajada y ve cómo su “no sorpasso” en las urnas al PP termina pasándole factura en los gobiernos. Vox, que claramente retrocedió en votos en los escasos 28 días que separaron las generales de las municipales, presiona como fuerza decisiva para formar mayorías y hacerse así un hueco en medio de la debilidad de los dos primeros.

El PNV continúa manteniendo su dominio pero, a la vez, las municipales demuestran el incuestionable avance de las fuerzas partidarias del derecho de autodeterminación, de la independencia y las repúblicas, tanto  en Catalunya  (ERC) como en las comunidades autónomas vasca y navarra. Solo el bloqueo de los socialistas de Navarra a los acuerdos con Bildu ha permitido que la derecha reaccionaria gane un poder institucional que los sufragios le negaron. El peso del problema democrático territorial que lastra al régimen empuja, como las urnas demuestran de manera muy profunda, hacia su superación y la reorganización democrática del conjunto del Estado.

El PSOE sale reforzado, institucionalmente hablando, pero aún está lejos de abrocharse uno de sus problemas centrales: ¿cómo será el gobierno que encabece Sánchez y sobre qué mayoría acabará pivotando?

Terminado el domino omnímodo del turnismo bipartidista que ha caracterizado la segunda restauración borbónica, el reforzamiento institucional del PSOE, en el marco actual de crisis general del régimen del 78, lejos de estabilizar la situación, refleja una fragilidad que únicamente la ausencia de movilización social impide contemplar en toda su dimensión.

Sin ir más lejos, la Junta Electoral Central, órgano que no es resultado de la elección popular, ha dejado a decenas de miles de votos (estos sí directos) sin representación en el Parlamento Europeo al negarles los trámites para recoger el acta a Junqueras, Puigdemont o Comín.  Son medias administrativas impuestas por el Estado contra la voluntad reiterada de la gente expresada en voto. Medidas que agrandan la fosa entre la voluntad popular y los poderes que teóricamente deberían servirla.

Del mismo modo, los alcaldes y alcaldesas de hoy, como los gobiernos autonómicos que se formarán próximamente, deberán afrontar las leyes de límite de gasto, los recortes en sanidad y educación, los problemas en la autonomía local o la pobreza que avanza inexorable dentro de la “recuperación capitalista” comiéndose familias, empleos e hipotecas, mientras la fragmentación y desigualdad social se disparan. Esa herida, lejos de suturarse con la elección de alcaldes del sábado, es únicamente la calma que antecede a la tempestad.