Se necesitan balances, reflexiones y debates para afrontar las complejidades políticas y sociales que nos rodean. Lamentablemente, el tacticismo, el electoralismo, hasta podríamos decir el “encuestismo” (si existiera este palabro) se han ido imponiendo en la vida política por delante de los análisis, las reflexiones y la claridad de los objetivos. Por eso, es de agradecer el ejercicio realizado por Xavier Domènech y Joan Tardà, con la colaboración de Àngels Barceló, para ofrecer al lector sus reflexiones sobre Cataluña, España y las izquierdas en el libro Entre Ítaca e Icaria (Roca Editorial).

En Cataluña se están celebrando numerosos actos de presentación, señal del interés por los debates que el libro plantea, entre ellos el de la confluencia y el acuerdo entre sectores de las izquierdas, entre soberanistas e independentistas. Aunque los autores no están ahora en primera línea de sus organizaciones o ámbitos políticos, son representativos de un amplio sector de la población catalana que se siente de izquierdas, que considera que la solución de los problemas sociales y nacionales tienen que ir de la mano y que el republicanismo debe ser la respuesta para reunir a amplias mayorías de la sociedad catalana y española. Para el lector de fuera de Cataluña el libro tiene el valor añadido de aportar informaciones y opiniones que le ayudarán a tener muchos más elementos de juicio para comprender la crisis catalana, que, como explican los autores, es también una crisis del conjunto del Estado español.

La aparente contradicción del titular de este artículo tiene fácil explicación: los autores proponen una política de ruptura con el régimen monárquico, no solo para responder a la crisis catalana, sino, fundamentalmente, por una cuestión democrática, de salud democrática añadiría, y también por las necesidades sociales del país, en su mayor parte incompatibles con el actual régimen político y social, y para que haya una perspectiva de cambio republicano, social y feminista, se necesitan alianzas políticas de las izquierdas, tanto en Cataluña como en todo el Estado. Es una propuesta para abrir -como explicita Domènech- “un nuevo horizonte de esperanza rupturista”.

Diagnóstico

Bastará con algunas citas para comprender su punto de partida. Dice Domènech: “Creo que la Constitución ha muerto en muchos momentos en las últimas décadas”. “La crisis afecta a todo el sistema político y ya no es sólo una crisis de régimen, es una crisis de Estado que llega hasta a la corona. Es decir, la monarquía española tiene una fisura brutal”. “El Estado de las autonomías ha muerto. Ha muerto. Sobre todo, en Cataluña. […] Se rompe con la sentencia del Tribunal Constitucional (que modificó el Estatut aprobado por el Parlament y en referéndum por el pueblo de Cataluña) y se rompe otra vez en el momento en que se aplica el 155. Y ahora, cuando hay toda una parte de la clase política que considera que el 155 ha de ser sine die, la Constitución muere definitivamente”.

Tardà lo expresa así: “Defiendo que hay un problema de origen: la democracia nació bajo el signo de la impunidad: ¿Por qué la corrupción es inherente al régimen borbónico del 78? Porque nació bajo el signo de la impunidad. El rey de España no tuvo la necesidad de pedir perdón por su complicidad con un régimen que de manera sistemática vulneró los derechos humanos. […] Si el rey no tuvo que pedir perdón por nada, ¿por qué razón no había de ser corrupto? ¿por qué razón no podía enriquecerse fraudulentamente? […] ¿por qué razón los nuevos gobernantes y las elites económicas se habían de sentir obligadas a compromisos más importantes respecto a la profundización de los derechos democráticos y a la honestidad política?”. “En pocos años todo ha cambiado mucho y el proceso catalán ha sido, como mínimo en Cataluña, letal para la monarquía, ya muy tocada por los escándalos de Juan Carlos I y la corrupción. El proceso catalán ha sido determinante en la decadencia y desprestigio de la institución monárquica”.

Esta descripción podría ser compartida por diferentes posiciones de izquierdas, pero no todas sacan las conclusiones que proponen, cada uno con sus matices, Domènech y Tardà. Defienden un horizonte republicano, como el medio de responder a las diferentes crisis, social, política y nacional. Más concretamente, o las izquierdas se sitúan a la ofensiva o se quedarán por detrás de los acontecimientos. Domènech lo explicita así: “Un ejemplo que hay que tener en cuenta, sobre todo ante quienes recomiendan volver a una actitud de izquierdas meramente defensiva del orden establecido, es decir, en nuestro caso la defensa del régimen del 78, porque creen que el cambio comporta demasiados peligros. […] Para mí, la izquierda tendría que construir un nuevo horizonte de esperanza en España también y este nuevo horizonte de esperanza tendría que ser republicano… sin un horizonte de esperanza, quedarse con lo de madrecita que me quede como estoy, creo que la partida está perdida”.

Autodeterminación

Como es natural, la situación en Cataluña ocupa una parte importante del libro. La represión de los dirigentes independentistas presos, la parálisis del gobierno Torra y la ausencia de una hoja de ruta de futuro, a la espera de la sentencia del Tribunal Supremo, exige debatir sobre cuál debería ser el camino a seguir para el ejercicio democrático del derecho de autodeterminación.

Los hechos de octubre de 2017, con la votación del día 1 y la impresionante respuesta popular del día 3, siguen planeando sobre el balance de todas las fuerzas políticas. Es valiente la opinión de Domènech cuando afirma que: “Nosotros no supimos encontrar alternativas. Cierto que no dependían de nosotros… pero En Comú Podem pasamos en aquel contexto de ser un movimiento de impugnación y cambio a no tener ninguna bandera del cambio en las manos”. Vale la pena recordar que mientras buena parte de la base militante y algunos dirigentes participaron activamente el 1 de octubre, había otros que en reuniones internas declaraban que esperaban que fracasase. Como también hay que poner en la balanza la incapacidad de los dirigentes del movimiento independentista de saber qué hacer con la fuerza del movimiento durante ese mes de octubre que acabó el día 27 con una proclamación republicana y sin hacer nada para implementarla y la posterior implantación del 155.

Los autores insisten que ni el PP ni el PSOE tienen ningún plan para Cataluña, más allá de la descabellada idea de un 155 permanente. Xavier Domènech dice: “Mi propuesta no es la independencia. Yo creo, además, que la mejor forma de activar el soberanismo amplio es un movimiento de afirmación de la soberanía republicana de Cataluña y que hable de una relación confederal con un Estado que reconozca la plurinacionalidad”. Esta legítima posición necesita clarificar que primero debe ser el derecho del pueblo catalán (vasco o gallego) a decidir, para luego establecer la relación que decida con el resto de los pueblos de España. Es el pueblo quien ejerce la soberanía y no la relación o una supuesta plurinacionalidad del Estado. Puede parecer puntilloso pero necesario para entender el ejercicio real de la autodeterminación. Para que las relaciones entre los pueblos sean libres y democráticas tienen que poder decidir y luego acordar si las diferentes repúblicas quieren tener una relación federal, confederal o solo como buenos vecinos”.

El primer paso, además de lograr la libertad de los presos y la vuelta de los exiliados, es definir una propuesta unitaria y ampliamente acordada que permita volver a colocar a la ofensiva al movimiento soberanista e independentista catalán. La respuesta de Tardà es: “El referéndum. Esta es la batalla política que hemos de ganar también en España. Es decir, que hasta las personas que no son independentistas y también los mismos españoles han de entender que el referéndum es su oportunidad”. Encuesta tras encuesta se mantiene el porcentaje del 80% de la población catalana partidaria de un referéndum.

Ítaca e Icaria. Clase y nación

El título del libro utiliza dos conceptos muy reconocibles en Cataluña. Ítaca, que representaría la búsqueda, el viaje hacia un nuevo país; y la utopía socialista de una Icaria fraternal y sin explotación capitalista a la que aspiraron sectores de las clases trabajadoras durante el siglo XIX. Estas dos ideas representan los problemas más importantes que siguen sin resolverse, el derecho a ser una nación y el conflicto social, la lucha de clases, entre el movimiento obrero y la burguesía.

Las relaciones entre el movimiento obrero y el nacional siempre han sido conflictivas, de eso no hay duda, conflictivas por ambos lados. Hay un momento claro, el de la Semana Trágica en 1909, en la que el incipiente nacionalismo dejó en la estacada al movimiento obrero y popular. La separación entre ambos pervivió durante mucho tiempo. Pero cuando el movimiento obrero y el movimiento democrático nacional confluyeron ambas partes pudieron beneficiarse. Hubo confluencia en la práctica en 1931 para proclamar la república y, de nuevo, en 1936 para oponerse al golpe fascista. Durante la república, el movimiento nacionalista, que no era independentista, sino favorable a una república catalana federada con la república española, fue tan temeroso del gobierno central de Madrid como de la fuerza del movimiento obrero dirigido por el anarcosindicalismo. Sin embargo, el anarquismo siempre subvaloró los problemas democráticos respecto a la cuestión nacional.

Sin dejar de ser conflictiva, hubo confluencia en la lucha contra el franquismo, a pesar de que durante la Transición se arrinconó una solución democrática a la opresión nacional. En las exigencias de la Assemblea de Catalunya se reclamaba el Estatut de 1932 como paso para ejercer el derecho de autodeterminación, esta segunda parte cayó en el olvido y la Constitución de 1978 lo acabó de enterrar. Reconozcamos también que en la Transición el movimiento obrero se quedó bastante lejos de sus aspiraciones sociales y democráticas.

Una parte de la explicación del desencuentro actual puede estar en que, mientras el movimiento catalán llevaba adelante el mayor desafío al régimen monárquico, con todas sus contradicciones, el movimiento obrero y una parte de las izquierdas se ha quedado atrapado en una posición conservadora, madrecita que me quede como estoy, que en concreto significa mantener el régimen del 78.

Una de las dificultades para avanzar en la confluencia está en que la hegemonía del proceso está todavía en manos del sector de la burguesía y la pequeña burguesía que representa Junts per Catalunya. Las izquierdas independentistas, ERC y CUP, y soberanistas, los Comunes, y los sindicatos y el municipalismo del cambio, no han sido capaces de generar una dinámica política en la que el ejercicio democrático de la autodeterminación y unas políticas sociales que respondan a la emergencia social que existe en Cataluña, pobreza, desigualdad, precariedad, etc. sean las dos caras de la misma moneda, la del republicanismo político y social de ruptura con el régimen monárquico. La aspiración de Ítaca e Icaria necesitaría de un nuevo impulso que permita una hegemonía política y social de las izquierdas.

Tardà afirma “que nuestro papel hoy pasa por contribuir a crear una hegemonía de izquierdas imprescindible para que nazca la república. Y a la izquierda, a la que perteneces, -le dice a Domènech- también le corresponde articularse […]mientras vamos haciendo camino, vamos debatiendo las diferencias. Pero, mientras, quizás que caminemos juntos”.

Leer (o releer) a Andreu Nin

Quizás nos pueda echar una mano Andreu Nin, el dirigente del POUM, que fue uno de los pocos marxistas que se ocupó en profundidad del problema nacional en el Estado español. Si desde las izquierdas se le leyera (o releyera) seguro que se podría tener una posición más democrática, y más revolucionaria.

Leemos en Consideraciones sobre el problema de las nacionalidades, escrito en mayo de 1932, “La cuestión catalana no es más que un aspecto de la revolución democrática en general. Esta revolución ha sido escamoteada y, como consecuencia, se prepara asimismo el escamoteo de la única solución democrática que se puede dar al problema catalán: el derecho indiscutible de Cataluña a disponer de sí misma, incluso a separarse de España si ésta es su voluntad. […] El proletariado, en esta lucha, estará con las nacionalidades, con su movimiento de emancipación, que tiene un carácter progresivo, y contra el unitarismo absorbente, que es la reacción. Los obreros de fuera de Cataluña acentuarán particularmente el derecho de las nacionalidades a disponer de sí mismas; los obreros catalanes combatirán el chovinismo de “su” burguesía, las tentativas de la misma para fundir la lucha de clases en la lucha nacional, y afirmarán la solidaridad de todo el proletariado de la península en la lucha común contra todas las formas de opresión”. Parece bastante claro.

Para Nin, y para los marxistas, el problema nacional es también un problema de la lucha de clases. Hay que defender radicalmente el derecho democrático a la autodeterminación, pero la izquierda y el movimiento obrero debería hacerlo con una posición diferenciada de la burguesía nacional y de la pequeña burguesía. Leemos en el mismo artículo: “La lucha de las nacionalidades es uno de los aspectos de la revolución democrática y, por lo tanto, está íntimamente ligada con la lucha de clases. En dicho movimiento, como en el democrático en general, la gran burguesía tiende siempre a ceder ante el poder central. […] El hecho de que el proletariado proclame el derecho de los pueblos a la autodeterminación no significa, ni mucho menos, que se identifique con la burguesía nacional, la cual quiere subordinar los intereses de clase a los nacionales”. O sea, lucha de clases, desconfianza de la burguesía nacional y enérgica defensa del derecho democrático.

En otro artículo de 1934, El marxismo y los movimientos nacionalistas, escribe:el movimiento nacional de Cataluña, por su contenido y por la participación de las masas populares, es, en el momento actual, un factor revolucionario de primer orden, que contribuye poderosamente, con el movimiento obrero, a contener el avance victorioso de la reacción. De aquí se deduce claramente la actitud que ha de adoptar ante el mismo el proletariado revolucionario: 1º Sostener activamente el movimiento de emancipación nacional de Cataluña, oponiéndose enérgicamente a toda tentativa de ataque por parte de la reacción; 2º Defender el derecho indiscutible de Cataluña a disponer libremente de sus destinos, sin excluir el de separarse del estado español, si ésta es su voluntad; 3º Considerar la proclamación de la República catalana como un acto de enorme trascendencia revolucionaria”.

Alianzas republicanas

Los tiempos no son fáciles y se necesitan propuestas y movilización. Y siguen siendo difíciles los acuerdos y las alianzas. Mientras que Domènech y Tardà defienden alianzas entre independentistas y soberanistas, en el Ayuntamiento de Barcelona se configuraba una alianza bien distinta, la de BcnenComú con el PSC. El tiempo mostrará su significado y sus consecuencias. La conversación acaba con la propuesta común de alianzas para un cambio republicano, para oponerse a la derecha y la extrema derecha, pero, sobre todo, para abrir esperanzas de un futuro de izquierdas, democrático y de respuesta a las urgencias sociales. Tardà lo resume con claridad: “Durante años he mantenido contactos con colectivos republicanos españoles y sé, porque lo he vivido, que compartimos sentimientos muy profundos, por eso creo que sería adecuado ahora un encuentro, una convención republicana de las naciones del actual Estado español, ¡Repúblicas, esta ha de ser la divisa! Esto sería magnífico”.

En el mes de marzo, Sin Permiso ya se hacía eco de una propuesta en ese mismo sentido encabezada por Xose Manuel Beiras. Si se aúnan voluntades, de orígenes diversos y experiencias políticas diferentes, quizás está madurando la posibilidad concreta que expresan los autores de este libro muy recomendable. ¡Manos a la obra!