Hay enfado y decepción pero, ya está decidido: el 10 de noviembre volveremos a votar. Las últimas elecciones del 28 de abril ya ofrecieron una mayoría, la misma que permitió la moción de censura que derribó a Rajoy. Una mayoría compuesta por fuerzas nacionalistas, republicanas y de izquierdas que tienen en el PSOE su eje más votado y central. Se trata una mayoría real en los números, pero nonata en el gobierno. También es la que provoca insomnio a Sánchez y a sus verdaderos jefes: la gran banca, el empresariado, el rey, el ejército, la policía, la judicatura y a los gerifaltes de la iglesia católica. Sin embargo la gente a las puertas de Ferraz buscaba otro final de legislatura cuando gritaba: “con Rivera no”.  Sánchez, partiendo de las órdenes de sus amos, jugó su margen y presionó a Unidas Podemos que, encapsulada en su idea del gobierno de coalición como única vía, fue accediendo, una a una, a las condiciones que se le solicitaban: silencio sobre Catalunya y los presos, las políticas de Estado y las exigencias de Bruselas. La cosa llego hasta aceptar retirar a Pablo Iglesias, pero no les bastó. No se fían Sánchez y sus jefes que el orden del 78 pueda absorber cambio alguno.

El régimen bipartidista de esta segunda restauración borbónica se encuentra en lenta pero abierta y franca dificultad. La crisis económica en  2008, el cambio del artículo 135, el 15M, la lucha por el derecho a decidir en Catalunya, el movimento feminista que no acepta más violaciones y asesinatos, el giro reaccionario de jueces y leyes, y el florecimiento del pluripartidismo parlamentario lo ha envenenado sin remedio. Hoy cada sector busca sus propios intereses y el endiablado cruce de reivindicaciones sociales y nacional-democráticas (territoriales), así como la división entre los poderosos hacen imposible la ansiada estabilidad que persigue la oligarquía. Poco importa cuántas veces se vote. Se podrá todavía retorcer la voluntad popular y seguir retrasando, con cambios legales reaccionarios (tipo art 99 de la Constitución u otros), las mudanzas que de verdad se necesitan y que huelen a valores republicanos de libertad, igualdad y fraternidad. Pero ya resulta imposible ocultar que el marco legal del 78 no engulle más y camina hacia el empacho. La España vaciada sigue sin futuro, no hay modelo de transición ecológica y económica. No existe propuesta para los pueblos del reino que exigen decidir, tampoco para sus presos. Solo hay administraciones asfixiadas por la deuda que pagan, secuestradas por el capital financiero. Tenemos una banca que liquida solo un 1,5% de sus beneficios en impuestos, mientras la gente corriente no baja del 9,5%. No hay dinero para sanidad o educación pero se salvan autopistas (5.000 millones) y bancos (60 mil millones).

Los insomnes que ahora nos llevan a las elecciones esperan que no votemos. Se aprovechan de la decepción y el enfado que provocan unos partidos paralizados en la malla de un régimen constitucional agotado. Hablan de costes (135 millones por convocatoria) y de lo inútil del voto, ya que, supuestamente, nada con cambia él. Pero que nadie se engañe: solo los regalos fiscales que el gobierno de Madrid realiza en un año a sus 20 mil ciudadanos más ricos asciende a 4.509 millones de euros, es decir, 33 veces más que unas elecciones.

Ciertamente no será el voto lo que lo resolverá todo, sino más bien la calle la que, con su movilización, abrirá el camino que nos pueda sacar de la red caduca del régimen del 78. El próximo día 27, está convocada la huelga mundial por el clima. Y ese día la acción en la calle, en los centros de estudio o de trabajo resulta fundamental. Sin más calle, la política no puede avanzar más.

El 10 de noviembre habrá que votar porque de la misma manera que ellos precisan un gobierno para continuar con su corrupta cleptocracia neoliberal, nosotros necesitamos uno que abra más espacio a la democracia para poder asentar imprescindibles derechos y el dinero que se requiere para hacerlos posibles.