Desde que Pablo Hasél fue detenido no ha habido población de más de 50 mil habitantes en el reino en la que no se haya celebrado un acto en apoyo a su libertad, un acto de repulsa a la represión o un acto a favor de la libertad de expresión. Hay un hartazgo enorme. Las movilizaciones no las para ya ni el miedo al contagio. En Catalunya son más grandes, pero en todos los lugares son numerosas y bastante amplias.

El entramado institucional y el marco partidario del régimen del 78 no resuelve. Al contrario; enmarañado en una inestabilidad que se antoja perenne, acumula agravios y arbitrariedades. El grueso de quienes están participando en las movilizaciones son, sobre todo, jóvenes de entre 16 y 25 años. El 40% de ellos están desempleados, la pobreza avanza en ese sector y entre las mujeres casi tan rápidamente como la concentración de la riqueza bajo la Covid-19. Los alquileres están por las nubes, pero la economía de las casas por los suelos. La precariedad se extiende sin remedio al igual que las colas del hambre. La educación sigue falta de todo, como la sanidad. El Ingreso Mínimo Vital se estrella ante la pared de la burocracia y la cicatería del modelo diseñado. En cambio, el maná de los 140 mil millones de los fondos europeos se reparte en la mesa de los dueños del IBEX 35, sin que la Next Generation que les da nombre los pueda ni oler.

El debate sobre la “democracia plena” que nos proponen las fuerzas del constitucionalismo monárquico, con Sánchez a la cabeza, se queda en palabras huecas ante una realidad marcada por la falta de salida, futuro y presente de una parte cada vez mayor de la población.

El gobierno de coalición progresista se divide ante la presión de la calle. Unidas Podemos defiende que el programa de medidas pactado se aplique para dar alguna respuesta positiva a las demandas, empezando por la libertad de Hasél. La derecha económica aprieta al PSOE para que no ceda; la derecha política agita a favor de echar a Iglesias del gobierno. Los jefes de la UE alertan contra la inestabilidad y piden orden. Pero el orden de la policía con sus cargas brutales no arregla nada; al contrario. Cada herido -y vuelven a ser muchos-, cada persona lisiada, como la mujer a la que han dejado sin ojo, cada nueva detención solo muestra la incapacidad del régimen para girar hacia los problemas reales de la gente real. Es esa incapacidad que protege al banquero la que permite también a Bárcenas o a Villarejo contar, a modo de venganza, la verdad escondida que salva a la burladora Cifuentes, libera a Rato o encierra a Hasél.

Mañana se cumplen 40 años del 23-F. El régimen vive mal ese recuerdo. El héroe oficial es hoy un defraudador confeso, pero intocable, con más oro que el Tío Gilito. El régimen, a la medida de la oligarquía, golpea a través de sus instituciones, jibariza derechos y tira de porra mientras todo lo demás se va diluyendo en discursos vacíos.

La calle es el único camino y la lucha el medio fundamental de conseguir esa democracia plena que tanto necesitamos. Fue la movilización quien trajo el derecho al voto, a la huelga, a la educación o a la salud. Los derechos se ganan y se defienden ejerciéndolos. Vayan estas líneas por ellos y por la libertad de Pablo Hasél.

Basta de delitos de opinión. Derogación de la Ley mordaza. Amnistía para las cerca de tres mil personas que están encausadas en Catalunya por acciones relacionadas con el derecho a decidir, empezando por los dirigentes del procés encarcelados. Acercamiento y libertad también para los presos vascos.