Durante mucho tiempo, la lucha de las fábricas ha sido decisiva para determinar el futuro de la clase trabajadora e incluso del conjunto de la sociedad. Especialmente esto ha sido así en los últimos tiempos de la dictadura franquista. Y, más importante aún, si hablamos de la lucha obrera de la mayor fábrica del Estado español, la SEAT.

La que fue definida como “la empresa modelo del régimen” concentró a miles y miles de personas trabajadoras (sobre todo hombres), hasta llegar a 30.000 en su momento. Obreros procedentes de todo el estado, muchos de ellos procedentes del campo, expulsados por el latifundismo en Andalucía y Extremadura o el minifundismo en Galicia y Castilla, con poca experiencia industrial y urbana; otros con la formación profesional recién terminada. Pero, en todo caso, una clase obrera en general nueva y joven en la que la fábrica SEAT dio cohesión, motivos para luchar y creó conciencia y organización.

Movimiento obrero de SEAT durante el franquismo, estratégico

Los partidos políticos obreros, o núcleos políticos organizados bajo la clandestinidad, tenían como objetivo introducirse en las grandes fábricas. Éste fue el caso también del núcleo político del POR(t), de tendencia trotsquista, en el que milité durante los años 1969 a 1972.

El estado de excepción de 1969 desató una gran represión donde cientos de luchadores antifranquistas fueron detenidos y encarcelados. Entre ellos muchos jóvenes, como yo, que apenas empezábamos a interesarnos en la política y, en su mayoría, en el comunismo. Después de seis meses de estancia en la cárcel La Modelo de Barcelona, me organicé en este grupo y, al salir, fui rápidamente cooptado a la dirección al considerar que podía ser un elemento útil en tanto que obrero luchador. Así pude participar en el debate interno de ir a las fábricas y formar parte de las Comisiones Obreras. Fruto de esa orientación jóvenes camaradas entramos a trabajar en SEAT, PEGASO y LA MAQUINISTA, las tres empresas del metal más grandes de Barcelona en aquellos momentos.

Como electricista y con el grado de oficialía electrónica no me resultó difícil encontrar trabajo en una empresa prestamista que trabajaba en SEAT. La empresa se llamaba CREP y me destinaron a ayudar a los oficiales de mantenimiento de SEAT, teniendo herramientas, encargado y compañeros, todos de la empresa madre. Lo único que no tenía era el mono de trabajo, que lo ponía yo.

El contacto con la comisión obrera de SEAT también fue fácil por haber pasado por prisión y porque entré a formar parte de la Coordinadora local de Barcelona, ​​con compañeros como Joan, Montse o Rufino. Estuve en los preliminares de la ocupación. Formábamos parte de la célula del POR(t) Antonio Gil, Diosdado Toledano, yo mismo y ganamos como colaborador o simpatizante a Lluís Olivares, joven dirigente del PSUC. Pero sufrimos una caída antes de que se produjera la ocupación y Antonio fue detenido y Diosdado tuvo que desaparecer también. También se exilió en Francia el principal responsable de nuestro grupo que era Jordi Dauder (yo lo conocía como Carlos), quien después se convertiría en un reconocido doblador de voz y artista de teatro, cine y series de TV.

Cómo viví la ocupación de fábrica

Tenía la consigna del núcleo todavía activo del partido de no involucrarme en la ocupación de fábrica para preservar la actuación futura de nuestra organización, ya muy mermada, en SEAT. Pero no seguí la consigna y me metí de lleno en cuanto empezó la lucha. Ante la imponente movilización reaccioné pensando que era más importante ayudar en el éxito del empleo y la readmisión de los despedidos, que mi continuidad o no en la SEAT. Llegué en el momento que empezaba la asamblea en Taller 1. Después del paseo por la fábrica se habían concentrado frente a las oficinas centrales, pero allí ya tuvimos el helicóptero que no nos dejaba escuchar lo que se decía en la asamblea y, poco después, entraron muchos policías y nos retiramos de nuevo al Taller 1. Pensé que eso iría por largo…y así fue.

De los momentos que recuerdo de la ocupación quiero destacar tres. El primero fue el momento en que, en el Taller 1, en la incertidumbre de la situación pareció que Rufino y alguien más intentaban negociar con la policía. Entonces Lluís Olivares desde lo alto de una cesta dijo más o menos “estamos aquí por la readmisión de los despedidos y no nos iremos hasta que la empresa acepte negociar esto”, recibiendo el aplauso general. Pasados ​​pocos minutos un primer policía, con máscara antigás y temblándole las piernas, arrojó el primer bote de humo con su brazo. No existían todavía las escopetas de humo, ni balas de goma o de foam. Era una escena inimaginable: la policía tenía tanto o más miedo que nosotros. No hizo que tocar tierra el bote cuando un chico muy joven de una empresa contratista lo recoge con un guante de soldador y lo vuelve a lanzar contra la policía. Fue la señal para que se declarara la guerra: unos con botes y otros con piezas, devolviendo los botes que podían, rompiendo los cristales de arriba la nave para que se escaparan los humos o utilizando las mangueras de agua antiincendios.

El otro momento fue en el escenario de donde hicimos caer caballos y donde asesinaron a Antonio Ruiz, de la que me enteré al día siguiente de que habían herido a un compañero con bala. Maite estaba junto a su compañero Peris y él quería sacarla de aquel infierno. A algunos de nosotros se nos ocurrió que, si nos metíamos en el taller de pinturas, como era muy inflamable, la policía no nos tiraría botes de humo no dispararía. Pero aquellos «grises» venidos del campo no sabían nada de fábricas y seguro que ignoraban el peligro de prender fuego. En cuanto vimos que seguían haciendo lo mismo y que podríamos morir todos achicharrados si una chispa saltaba a la pintura o disolventes, salimos corriendo hacia otro taller.

La batalla duró todo el día. Nuestras fuerzas cada vez eran más mermadas. Ya estaba bien entrada la oscuridad en aquella tarde de octubre cuando vi grupos dispersos que iban hacia la puerta de salida. Entonces me enteré de que la policía pedía la documentación. Yo estaba ya fichado por haber estado en prisión, no podía arriesgarme. Y junto a otros dos compañeros que no conocía saltamos las vallas de alambre con pinchos, dejándome un jersey enganchado arriba. Fuera, los coches de policía patrullaban y nos teníamos que esconder poniéndonos boca abajo como en una guerra de trincheras. Nos pudimos escapar de los alrededores de la fábrica y acordamos dividirnos. Cada uno echó por donde creyó conveniente. Yo me orienté hacia la carretera y al cabo de media hora me encontraba subido a un autobús hacia la Plaza de España. Serían las 8 de la tarde, ya todo oscuro. El bus iba lleno de hombres y mujeres que volvían del trabajo comentando las anécdotas del día. Algunos se reían. Nadie se había enterado de lo ocurrido durante el día a pocos metros de allí. Me sentía solo, con frío y en estado de choque. Pensaba que acababa de llegar de otro planeta después de un día entero de guerra.

La ocupación de SEAT acelera la creación de la Asamblea de Cataluña

La ocupación de la fábrica fue preparada por una vanguardia. Desde que formuló la idea López Provencio hasta que se llevó a cabo pasaron unas pocas semanas, tal y como él explica en el libro sobre el aniversario de esta acción. Incluso los que nos considerábamos revolucionarios la vimos como una acción fuerte, arriesgada. Los obreros de SEAT ya habían realizado, un año antes, una marcha contra la pena de muerte ante el juicio de Burgos a militantes de ETA donde la dictadura quería dictar penas de muerte. La marcha empezó, pero la policía la frustró a la mitad. Pero con la ocupación para readmitir a los líderes obreros despedidos el salto fue enorme. A la acción de ocuparla, siguieron dos semanas de huelga donde se extendió la solidaridad. La participación en la ocupación y la huelga significó mi despido de mi empresa prestamista. Toda Barcelona, ​​todas las ciudades del estado y también en el extranjero, se enteraron de que la SEAT, la principal fábrica del estado, estaba en huelga y el motivo por el que estaba.

Esta acción obrera actuó como un acelerador de la constitución del órgano político opositor al franquismo en Cataluña. Hacía ya tiempo que fuerzas políticas obreras, burguesas, pequeñoburguesas, debatían el constituirse como organismo unitario y salir a la luz. La acción más importante que se había promovido había sido el encierro de intelectuales en el monasterio de Montserrat en protesta del proceso de Burgos y contra las penas de muerte. Pero la acción obrera de SEAT empujó a proclamar la Assemblea de Catalunya. Los partidos temían que la clase trabajadora se organizara más rápido que ellos. La idea estaba clara: tener una institución preparada para negociar los términos del post-régimen de Franco antes de que las reivindicaciones de los más desfavorecidos se impusieran en la calle, en las fábricas y en los barrios.

Había partidos obreros que también estaban interesados ​​en participar en la organización de este tipo de instituciones todavía ilegales, y la prueba es que incluso nuestro pequeño grupo del POR(t) estuvo e intervino en Montserrat (yo mismo) y en la constitución de la Assemblea de Catalunya (allí fue Diosdado). Pero el partido que más implicado estaba y más peso tenía era, sin duda alguna, el PSUC.

El PSUC y la vanguardia obrera de SEAT

En el libro que están haciendo varios autores, “18 de octubre de 1971, la ocupación de SEAT”, entre ellos reconocidos dirigentes de la fábrica como Silvestre Gilaberte, Pedro López Provencio, Alfonso Rodríguez o Carlos Vallejo, se hace una descripción de los aspectos que representó la ocupación del 71, de sus repercusiones en el momento y posterior, muy detallada en algunos aspectos. Ayuda a ver la importancia de esa lucha, las dificultades, algunos errores y aciertos, así como aspectos humanos de esa vanguardia que se fue forjando sobre la marcha.

Sin duda, el papel del PSUC fue determinante. Los dirigentes que he llamado eran ya reconocidos en la fábrica. Todo lo que cuentan tiene mucho interés y conviene que sea conocido. En el libro también aparecen otros dirigentes de fuera de la fábrica, dirigentes de partido. En particular Isidor Boix jugó el papel de líder en la sombra, organizador, creador de la táctica sindical a aplicar y quien hizo de intermediario con la patronal o cargos franquistas en momentos claves de las luchas de SEAT. Junto a estos principales autores también se encuentran los antiguos secretarios generales de la CONC, López Bulla y Joan Coscubiela, todos ellos del PSUC o Nicolás Sartorius, de las CCOO y del PCE, que no jugaron ningún papel relevante en las luchas de la fábrica.

El conjunto del libro deja una idea que diría que es completamente partidista. Lo expresa quizá mejor que nadie Isidor al decir que el PSUC se identificaba con «el partido». Y «el partido», a lo largo del libro, se identifica con las CCOO. Pero… ¿sólo había el PSUC en las Comisiones obreras de SEAT? ¿No había también tendencias maoístas y trotsquistas, si es que hablamos de la ideología comunista? ¿No había tendencias cristianas? ¿O anarquistas? ¿O socialdemócratas? La aparición posterior de otros muchos sindicatos y la reconstrucción de UGT, CNT, USO, CSUT, CGT… en lugar de una sola central unitaria de trabajadores mostró que la política de las CCOO no fue capaz de integrar todas las tendencias del movimiento obrero.

Insisto en que el reconocimiento por el papel que jugó el PSUC está fuera de duda. Hay muchas cosas buenas…pero también hay criticables. La educación que hace la vanguardia obrera sobre los compañeros y compañeras influye en cómo se desarrolle la lucha y la conciencia. La vanguardia militante del PSUC eran los compañeros y compañeras que más organizaron y encuadraron el movimiento obrero y lo hicieron bajo parámetros no sólo sindicales y materiales sino también políticos. Aprendí mucho trabajando con Rufino, Silvestre, Varo, Vallejo, López, Mayo, Peris, Diosdado, Antonio… pero lo que discuto son los parámetros políticos.

Las huelgas del 74-75

Aquí llegamos al punto en el que el tramo final de la dictadura pone de relieve el papel que eligió jugar cada partido y cómo influyó esto en las luchas y en la conciencia política.

Como despedido ya desde el año 71, una vez desaparecido el antiguo grupo por caídas y disolución, sólo había podido mantener contacto con los trabajadores a partir básicamente de la venta de la revista política La Aurora, órgano de expresión del PORE, partido de ideología trosquista en el que participé en su fundación y del que he formado parte de su dirección. También iba a algunas reuniones sindicales de SEAT, las que me dejaban participar ya que, a pesar de que me habían despedido por luchar por la readmisión de compañeros de la fábrica, como «no era plantilla de SEAT» no me pasaban algunas citas.

Pero la verdadera razón creo que fue que, tanto mi partido como yo personalmente, éramos políticamente molestos para muchos dirigentes. Por ejemplo, por criticar que se hubiera entrado a trabajar en la fábrica después de la huelga del 74-75 dejando a 500 despedidos. La razón oficial que daban los dirigentes a las asambleas era que así se podría reorganizar a la gente, a la que no se podía llegar a partir de los barrios. Pero el PSUC tuvo que aplicarse a fondo, yendo casa por casa de los dirigentes de los talleres para convencerles de que tenían que volver al trabajo.

Las anécdotas que explica Isidor Boix sobre las entrevistas “clandestinas” con el entonces director de SEAT, Javier Clúa, y el delegado del sindicato vertical de Barcelona, ​​Socías Humbert, me parecen más que anécdotas, en especial cuando le dice a Humbert “le planteé nuestra disposición a terminar las huelgas si la CNS admitía la dimisión que había presentado el jurado “verticalista” de SEAT y la empresa aceptaba negociar con los delegados elegidos en los talleres…”. Quizás lo que estaba poniendo en valor el compañero Isidor era el papel del PSUC como garante del orden dentro de la fábrica, algo que el propio director de SEAT, Clúa, le admitió diciendo que los del PSUC “lo tenían todo controlado” .

La readmisión de los despedidos y la amnistía laboral

El punto de mayor fricción que tuve con los compañeros que dirigían la Comisión obrera de SEAT fue los momentos de la readmisión de los despedidos, después de la muerte del dictador. Personalmente yo estaba muy necesitado de un trabajo fijo, fichado como estaba, casado y con un hijo pequeño como estaba. Y me hacía mucha ilusión poder volver a la principal fábrica del país, puesto que en las reuniones de la comisión unitaria de despedidos se acordó que los “prestamistas” que habían luchado por la readmisión de los despedidos de la fábrica y habían sido represaliados por ese motivo, tenían todo el derecho a formar parte de la plantilla y ser readmitidos como los demás.

Pero dentro de la lucha por la Amnistía laboral no todos lo vimos de la misma forma. Para mí era una lucha sindical y política a la vez. La Amnistía era la manera de contribuir a hundir al régimen que nos había estado oprimiendo, metiendo el miedo en el cuerpo y condenándonos al pacto del hambre. Debía ser una victoria política y así se tenía que hacer en las fábricas, dando fuerza al conjunto de la clase trabajadora para acabar con la dictadura y sus estructuras en lugar de un pacto por arriba. Este objetivo es el que nos habíamos propuesto en el acto de constitución del PORE y lo tratábamos de llevar a la práctica en las fábricas y puestos de trabajo que estábamos.

En cambio, lo que se iba pactando y aceptando, como si fuera la misma cosa, era una readmisión escalonada, en talleres diferentes en los que habían sido despedidos, en fábricas diferentes, todo muy diluido y como para que pase desapercibido. Yo me rebelaba y pedía que quería ser readmitido en el lugar en el que había trabajado, Zona Franca, en lugar de Martorell, la nueva factoría que se había construido a posteriori. Argumentaba que esa readmisión que estábamos aceptando no era lo que habíamos estado defendiendo como Amnistía laboral. Era un pacto con los herederos del franquismo, no una ruptura democrática.

Pero los compañeros despedidos que dirigían la comisión no estaban de acuerdo conmigo y me acusaban de sectarismo. Mantuve mi posición en las asambleas y en hojas que repartía a las puertas, pero sin que en ningún momento dijera que me negaría a ir a trabajar a Martorell. El día que me tocaba según el orden de la lista que teníamos, me presento en la fábrica de Martorell y, ¡sorpresa!, no estaba mi nombre como readmitido para entrar a trabajar. ¿Qué había pasado? ¿Quién había decidido que se cayera de la lista? Éste es un misterio que aún hoy no he podido averiguar.

Pero lo peor no fue sólo que se me marginó y cerró las puertas a un trabajo en un momento económicamente delicado para mí. Como continué la luchar por ser readmitido y denunciaba los hechos que habían impedido que entrara, algunos empezaron una campaña de calumnias en mi contra. Empezó a circular que yo era un “agente” de la empresa, un “provocador”. Incluso en una asamblea donde intenté tomar la palabra tuve que salir escoltado por un grupo de delegados que me conocían por que unos pocos se pusieron a gritar diciendo que yo era un… ¡fascista! Los compañeros que me conocían al verme salir así de la asamblea no entendían nada y sembró la desmoralización de algunos de ellos. Regresaron unos métodos estalinistas de desprestigio de luchadores por discrepar públicamente.

Como militante era de los primeros en estar en los piquetes de huelga cuando podía participar, en animar a la gente, en vender revistas en la puerta de los talleres, pero también mis denuncias sobre la política y las formas poco democráticas que utilizaban los dirigentes debían escocer y provocaron a veces agrios debates. ¿Acaso debería haber sido más prudente y callar hasta que estuviera dentro de la fábrica? Seguramente. Así me lo dijeron militantes de otros partidos y sindicatos como UGT o PT, que incluso me aconsejaron que me afiliara al PSUC si yo quería entrar a trabajar, algo que no acepté naturalmente.

La transición española y el control del movimiento obrero

Si cuento toda esta lamentable y triste parte de la historia del movimiento obrero de SEAT lo hago para que se vea que la crítica a todo lo que significaba la transición democrática, los pactos de la Moncloa o la aceptación de la Monarquía, comportaba serios riesgos ser señalado, marginado y represaliado. No fui el único, Joan Sánchez Bolet sufrió algo parecido. Estos comportamientos antidemocráticos fueron necesarios para cambiar la idea que hasta entonces había tenido la gran mayoría de la vanguardia obrera y la militancia, sobre todo comunista, socialista y anarquista, de derribar al régimen de Franco, de hacer una ruptura democrática y “dar la vuelta a la tortilla” estableciendo un régimen republicano, democrático, con derecho a la autodeterminación y con una política socialmente avanzada. El status quo que se instaló a partir del nuevo régimen del 78 tuvo consecuencias funestas dentro del movimiento obrero. Estableció divisiones profundas, políticas y sindicales y favoreció a los sectores más oportunistas y más acomodaticios de la clase obrera, mientras que los más combativos eran presa del pesimismo y la frustración. Algunos compañeros me decían que «tendríamos gobierno Suárez por cuarenta años más». Eran tiempos en que Lluis Llach cantaba «No és aixó, companys, no és aixó».

Marcelino Camacho nos explicó en la asamblea de fundación del sindicato de Comisiones Obreras de SEAT, que la transición había sido la «ruptura sin fractura». Fue la explicación más clara de que se trataba de un injerto entre el antiguo régimen franquista y un nuevo régimen de tipo representativo parlamentario. Para realizar esta operación la política de la “reconciliación nacional” de Carrillo fue muy bien. En aras de no volver a una guerra civil, se aceptó que siguieran al monarca puesto por Franco, que siguieran los mismos policías, militares, jueces… y así poder jugar el papel de partido intermediario entre clase trabajadora y poder, una vez renegado del leninismo y de todo “asalto a Palacios de invierno”.

Hacía falta que alguien controlara el movimiento obrero que, en los últimos años de dictadura, había levantado la cabeza amenazadoramente y podía significar la reanimación de los derechos, poderes, culturas republicanas, paradas a golpe de sangre. La oligarquía no podía permitirse una república y se sentía en grave peligro. La Europa burguesa temía lo que podía ocurrir en el sur de Europa, con los potentes movimientos del 68 en Francia, Italia, Checoslovaquia, Polonia, la caída la dictadura griega y la revolución portuguesa de los claveles. El potente movimiento obrero del estado español sí podía cambiar el estato quo, como lo demostraba que en la España de los 70 hubo las huelgas más importantes del continente. A cambio de este control se legalizaron los partidos y, después, los sindicatos, empezando por el PSOE y UGT, y cada una de las organizaciones quedó en un orden para cumplir una nueva función social, política e institucional para todo un período bajo un régimen que, aprobada su Constitución bajo el ruido de sables y con un monarca nombrado a dedo por Franco, era medio democrático y medio continuista del franquismo.

Aquí se produjo pues un choque de políticas entre los que veían completamente necesaria la adaptación al nuevo régimen y los que luchamos hasta el final por hacer “de la caída de la dictadura el inicio de la revolución proletaria”, como decía mi partido, el PORE. Un período de tensión, de lucha política interna, con un resultado claro: quienes consideran que el techo que nos da la actual Constitución es suficiente para dar cabida a las mejoras, son los que ganaron; pero quienes creemos que debemos acabar con este régimen, ya completamente desgastado y corrupto, que se aguanta sólo por falta de acuerdo y de un plan común entre republicanos, independentistas y soberanistas, cada día vemos más motivos para acabar la lucha que empezamos. Pero todo está abierto, incluso el regreso del fascismo. Por este motivo me gustaría que el libro sobre la historia de SEAT y la ocupación del 71 fuera un libro que integrase todas las visiones que se daban en aquellos años, es decir, que pudieran escribir también compañeros como Mayo, Diosdado, Varo, el “pantera” del PT, compañeros de LCR (Gil no puede ya, lástima, murió, como Maite, Rufino y como tantos otros compañeros). No se puede perder esta memoria colectiva. SEAT fue una Universidad para todos nosotros y, entre todas y todos, debemos sacar las lecciones con un debate franco, sincero y abierto a escuchar.

El futuro del automóvil y de la SEAT

No quiero terminar este artículo-balance sin expresar cómo veo el futuro de la SEAT y de la clase trabajadora que forma parte de la fábrica. Después de intentar trabajar en SEAT, entré en RENFE a primeros de los 80, donde me jubilé. Esto me permitió una visión de la movilidad mucho más amplia y ver el sistema del ferrocarril como una gran ventaja sobre el transporte por carretera, ya sea en personas como en mercancías. Claro está que el ferrocarril no llega a todos los lugares y pueblos, pero las principales rutas para ir a trabajar, para transportar la producción podrían ahorrar muchas horas improductivas, muchos accidentes y muertes y mucha contaminación. Pero también era claro que en España había fuertes intereses para no desarrollar los trenes de cercanías, ni los tranvías, ni sistemas de transporte alternativo al coche, como el corredor mediterráneo de mercancías. La industria del automóvil era la protegida del régimen.

Hoy, después de ampliar más el foco a la importancia de las luchas ambientales, después de mi jubilación, a esa visión se añade un mayor conocimiento de lo que conlleva el cambio climático. Y, junto a ello, que las energías fósiles tienen ya una fecha de caducidad por el agotamiento de las fuentes materiales que hemos hecho los humanos durante el sistema capitalista en los últimos 200 años, pero especialmente en los últimos 50. Según los científicos del IPCC expertos en el clima, ya no hay vuelta atrás en los cambios en regiones enteras y, entre ellas el Mediterráneo.

Así pues, no se trata sólo de las leyes y normas que aprueben las cumbres climáticas de la ONU, en París o en Glasgow, que obligarán a realizar cambios radicales en la producción de coches. El problema va más allá: la propia industria del automóvil está en cuestión. No habrá ya más vehículos individuales en propiedad más que para una minoría, la que se lo pueda pagar. No habrá la energía barata del petróleo. Por lo tanto, las grandes fábricas, la gran industria auxiliar de la automoción, que en España significa un 10% del PIB y un 18% de la exportación, dejará de existir como tal en pocos años. Ésta es la realidad a la que nos vemos abocados, y esta realidad la debe conocer y debatir la clase trabajadora de SEAT.

Para buscar alternativas justas a esta situación, que seguramente será dramática en muchos casos, es necesaria una conciencia y unidad aún mayor que la que se dio bajo el franquismo, hace 50 años. Sólo así la clase trabajadora podrá influir en el proceso de transición que debe darse en las industrias. SEAT demostró servía para más cosas que fabricar coches: durante la pandemia se fabricaron respiradores que salvaron vidas. Sus trabajadores demostraron que estaban preparados para hacer grandes adaptaciones. Pues ahora habrá que hacer esto al por mayor. Y deberá hacerse planificadamente, desmontando algunas cadenas, transformando otras, diversificando las producciones. SEAT tendrá que producir otras muchas cosas además de coches eléctricos. ¿Qué hace falta en la sociedad? ¿Respiradores? ¿Tranvías? ¿Placas fotovoltaicas? ¿Bicicletas?

No soy ingeniero ni sé las posibilidades que tiene una gran fábrica como SEAT. Pero está claro que los trabajadores sí lo saben. Por eso se trata de que los sindicatos y partidos de base trabajadora y democrática vuelvan a organizar la fuerza, el ingenio y la voluntad de la gran mayoría de las personas que trabajan y alcen sus propuestas de acuerdo con la sociedad, con los ayuntamientos, asociaciones de vecinos, con ecologistas.

Y el repaso de la gran prueba de fuerza que hicimos con la ocupación hace 50 años, debería hacernos ver que también ahora podríamos hacer algunas acciones que determinen que la empresa y gobiernos, de la Generalitat y central, deben contar con la clase trabajadora para realizar una transición que sea realmente justa, democrática y ecologista. Si pensamos y corregimos errores que cometimos, podemos conseguirlo. Y las nuevas generaciones acabarán de asumirlo y realizarlo.

Alfons Bech Electricista, militante de CCOO desde 1969, despedido durante la ocupación de SEAT de 1971.