Sin pena ni gloria ha pasado el centenario de la III Internacional. En marzo de 1919, en una Europa destrozada y arruinada después de cuatro años de guerra, se reunieron en Moscú unas pocas decenas de revolucionarios para proclamarla. No hacía ni dos años que, por primera vez en la historia, la clase obrera y los campesinos se habían adueñado del poder en un país atrasado y devastado, y en esas precarias condiciones apostaron por el único camino que parecía posible para responder a los destrozos de la guerra: el internacionalismo obrero y socialista, la revolución mundial como respuesta a la crisis capitalista. Puede parecer utópico, especialmente tras los fracasos que el siglo pasado nos deparó, pero en aquella época y en aquel momento representaba una posibilidad concreta para el porvenir de la humanidad. Al finalizar la Primera Guerra Mundial habían desaparecido cuatro imperios: el ruso, el alemán, el austro-húngaro y el otomano; movimientos revolucionarios se extendieron por casi toda Europa, Alemania, Hungría, Baviera, Italia… y la III Internacional quiso dar respuesta a esos movimientos que pusieron en jaque la dominación capitalista.

A pesar de la ausencia de conmemoraciones, algunas de las enseñanzas de la III Internacional forman parte de la cultura del movimiento obrero, básicamente las que corresponden a sus cuatro primeros congresos (1919-1924): la necesidad de acabar con el capitalismo; el ejercicio de la democracia y las libertades en una nueva sociedad dirigida por las clases trabajadoras; el frente único para golpear juntos a los capitalistas; la relación entre el internacionalismo obrero y la liberación nacional y colonial; la importancia de la lucha de las mujeres en los movimientos revolucionarios, etc. Probablemente una de las razones para pasar de puntillas sobre este aniversario está en su evolución y posterior fracaso, ya que pasó de ser una herramienta para el desarrollo de la revolución en Europa a convertirse en un instrumento de los intereses de la burocracia que usurpó y propició la degeneración de las conquistas de la revolución de 1917. Desde que el estalinismo teorizó que el socialismo podía ser construido en un solo país, la Internacional dejó, en la teoría y en la práctica, de ser una herramienta para la liberación de las clases trabajadoras. ¿Para qué una Internacional si todo dependía de lo que se decidiera en Moscú o interesara a la camarilla de Stalin? Fernando Claudín, que fue dirigente del PCE, lo resumió así: “Nacida con un programa de revolución mundial a corto plazo, moría 25 años después postulando un horizonte de fraternal colaboración del Estado soviético con los Estados capitalistas” (La crisis del movimiento comunista).

Efectivamente, en junio de 1943 fue disuelta por Stalin. En plena Segunda Guerra Mundial, cuando ya se vislumbraba la derrota del nazismo y la posibilidad de nuevos movimientos revolucionarios, los dirigentes estalinistas decidieron que ya no era útil. De hecho, hacía ya mucho tiempo que se limitaba a ser un medio de control de los partidos comunistas y de transmisión de las políticas que emanaban del Kremlin, y el momento elegido tuvo mucho que ver con la presión e imposición de las potencias aliadas que junto a la URSS combatían al nazismo. El mismo Stalin lo confirmó en una entrevista. Le pregunta el periodista: “Los comentarios británicos con motivo de la decisión de liquidar la Internacional han sido muy favorables. ¿Cuál es el punto de vista soviético sobre este asunto y su importancia cara a las futuras relaciones internacionales?” Y Stalin responde: “La disolución de la Internacional Comunista es sabia y oportuna […] porque deja en evidencia la demagogia de los hitlerianos, que afirman que ‘Moscú trata de inmiscuirse en la vida de otras naciones para bolchevizarlas’. Ahora hemos puesto fin a esta calumnia”. O sea, no era cierto que se pretendiera ayudar a extender la revolución; para que no hubiera dudas, se disolvió la Internacional y así ya no sirvió de excusa para la calumnia. El que fue presidente del Partido Comunista de Estados Unidos, William Foster, escribió: “No hay duda alguna de que la impresión favorable producida en la burguesía mundial por la disolución de la Komintern desempeñó un papel decisivo”. El 9 de marzo de 1943, tres meses antes de la disolución formal, Henry Wallace, vicepresidente de los Estados Unidos, declaró: “La guerra sería inevitable si Rusia adoptara de nuevo la idea trotsquista de fomentar la revolución mundial”. La prensa americana le dedicó una enorme atención. El Hartford Courant (de Connecticut) publicó: “¡La Tercera Internacional ha muerto! ¡El sueño de Marx se ha acabado!”. El Philadelphia Evening Bulletin escribió: “Stalin ha hecho bien acabando con toda apariencia de tolerancia por su parte en Rusia para esta organización subversiva” (citado por Pierre Broué en Historia de la Internacional Comunista).

La fraternidad de las clases trabajadoras

Desde sus inicios en la era moderna, las izquierdas y el movimiento obrero estuvieron siempre impregnados de un fuerte componente internacionalista, como correspondía al análisis de lo que era el sistema capitalista. En 1847, en un folleto preparatorio del Manifiesto Comunista escribía Engels: “La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días” (Principios del Comunismo).

Cuando en 1864 se reunieron en Londres diversos representantes obreros y revolucionarios, había madurado la idea de lo que se necesitaba para enfrentase a los capitalistas: “La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados. Guiados por este pensamiento, los trabajadores de los diferentes países, que se reunieron en un mitin público en Saint Martin’s Hall el 28 de septiembre de 1864, han resuelto fundar la Asociación Internacional”.

Los Estatutos de esta Primera Internacional insistían en esa idea de fraternidad entre las clases trabajadoras como condición para su emancipación: “que todos los esfuerzos dirigidos a este gran fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo en cada país y de una unión fraternal entre las clases obreras de los diversos países; que la emancipación del trabajo no es un problema nacional o local, sino un problema social que comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita para su solución el concurso teórico y práctico de los países más avanzados; que el movimiento que acaba de renacer entre los obreros de los países más industriales de Europa, a la vez que despierta nuevas esperanzas, da una solemne advertencia para no recaer en los viejos errores y combinar inmediatamente los movimientos todavía aislados: La Asociación es establecida para crear un centro de comunicación y de cooperación entre las sociedades obreras de los diferentes países y que aspiren a un mismo fin, a saber: la defensa, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera”. Retengamos esta idea: “crear un centro de comunicación y cooperación[…] (para) la completa emancipación de la clase obrera”.

Ese espíritu internacionalista, esa federación fraternal de las clases trabajadoras, definió a los núcleos que se fueron formando por toda Europa. Valga como ejemplo que la primera organización socialista en España se constituyó como Federación Madrileña de la Internacional (Julio Aróstegui. Largo Caballero), o que la organización anarquista se denominara Federación Regional española de la Internacional. El internacionalismo siempre fue un elemento definitorio de las tendencias revolucionarias en todo el mundo. En el programa del Partido Socialdemócrata alemán podía leerse: “El partido socialdemócrata es consciente del carácter internacional del movimiento obrero, y está resuelto a cumplir con todas las obligaciones que de ello se derivan, a fin de hacer verdadera la fraternidad entre todos los seres humanos” (citado por Antoni Domènech en El eclipse de la fraternidad). Cuando los marxistas rusos empezaban a balbucear, afirmaron: “El dominio del capital es internacional. Por eso, también la lucha de los obreros de todos los países por su emancipación tendrá éxito sólo si es una lucha mancomunada de los obreros contra el capital internacional” (Lenin. Proyecto y explicación del programa socialdemócrata. 1895). Cuando Rosa Luxembourg y Karl Liebknecht rompieron con la socialdemocracia que había apoyado a su burguesía en la Primera Guerra Mundial, denominaron a su revista Die Internationale.

La mejor manera de entender el desarrollo -con sus avances y retrocesos- del movimiento obrero es a través de las internacionales. La I Internacional puso las bases de la lucha internacional de las clases trabajadoras por el socialismo, incluso cuando se escindió entre marxistas y anarquistas, organizando los primeros núcleos y la solidaridad internacional con la Comuna de París, luchando contra la esclavitud o defendiendo la libertad e independencia de Irlanda y Polonia. La II Internacional se ocupó de preparar el terreno para una amplia extensión y organización del movimiento construyendo partidos de masas en algunos países. La III Internacional tuvo como punto de partida el triunfo de la revolución rusa y el objetivo de extenderla para poder avanzar en la construcción de una sociedad socialista. La IV Internacional intentó unir la lucha por el socialismo en las sociedades capitalistas con la regeneración del socialismo en las sociedades burocratizadas de la antigua URSS y los Países del Este.

En la medida que la lucha de clases se expresa en una forma nacional (la de cada uno de los estados), siempre crea una tensión con su contenido internacional (el del dominio del imperialismo y de las grandes multinacionales sobre el conjunto de la economía y política mundial), y esa tensión crea desajustes, adaptaciones e incluso traiciones políticas en las izquierdas y en las organizaciones revolucionarias. ¿Cómo si no entender que la socialdemocracia alemana, el más potente partido de la II Internacional, claudicara y aceptara enfrentar en las trincheras a los obreros alemanes contra los franceses, ingleses o rusos? ¿Cómo pudo el estalinismo imponer la teoría antimarxista de que se podía construir el socialismo solo en un país, además atrasado? Se impuso el interés nacional, el de la propia burguesía o el de la burocracia, por delante de la lucha por la fraternidad entre los hombres y mujeres de las clases trabajadoras.

En la globalización

El desarrollo de la globalización capitalista ha internacionalizado aún más la economía y concentrado en menos manos el poder de las grandes multinacionales; las 200 empresas que controlan el mundo tienen más poder de decisión que numerosos Estados, por lo que la respuesta internacionalista de las clases trabajadoras y los movimientos sociales debía estar más presente e incluso ser más potente que en el pasado. Y, sin embargo, en los últimos tiempos fue decreciendo esa actividad internacionalista tanto en lo que respecta a convocatorias de movilización como a reuniones para debatir y establecer decisiones de política internacional. ¿Qué hizo que se quebrara el peso del internacionalismo? Es como si frente a los retos y dificultades se buscara como refugio un repliegue nacional. Sin ánimo de comparar con la situación actual, así fue ante las dos guerras mundiales.

No es fácil responder a tales problemas, que superan en mucho las posibilidades de este artículo. Una de las cuestiones importantes es la debilidad política y organizativa de las izquierdas, en particular las revolucionarias, que dificulta dedicar medios humanos y materiales a una tarea cuyos resultados no serán inmediatos. Hay que sumar también la dificultad para responder a la complejidad de los nuevos retos planteados por la globalización capitalista. En su momento, en los años 90 del siglo pasado, ya fue complejo y con retraso el análisis y las respuestas posibles a los cambios que introducía la globalización en la evolución del capitalismo. Igualmente, por ejemplo, sigue siendo conflictiva la respuesta de las izquierdas a lo que representa la Unión Europea. Hemos pasado de imaginar que las burguesías europeas no se pudieran poner de acuerdo para mantener la Unión, a rechazarla porque aplica medidas antipopulares, pero sin generar políticas alternativas sobre cuál debería ser la Europa de las clases trabajadoras y los pueblos; incluso algunos sectores minoritarios preferirían la vuelta hacia un pasado nacional que no podrá volver. Se mueven esas izquierdas entre la adaptación a la actual Unión Europea y el rechazo sin una alternativa social y democrática a nivel europeo.

Atrás quedaron importantes esfuerzos de movilización y de contenido político, de los foros sociales, del movimiento antiglobalización, tanto a nivel europeo como mundial; también diversas iniciativas de coordinación política, como la Conferencia de la Izquierda Anticapitalista europea (que reunió a diversas tendencias políticas opuestas a la construcción neoliberal europea) o el PIE (Partido de la Izquierda europea), que todavía funciona como una red de conexión dependiente del grupo parlamentario europeo. No hay duda de que siguen existiendo iniciativas, pero son limitadas y sin repercusión directa en la organización de acciones de movilización y de elaboración de alternativas políticas a nivel internacional.

Otra expresión del bajo nivel de la actividad internacionalista es la gran debilidad de los movimientos de solidaridad con luchas de otros pueblos. Los históricos movimientos solidarios con Palestina o contra el bloqueo en Cuba están bajo mínimos; la solidaridad con la lucha de los kurdos o con la resistencia en Siria son bastante minoritarios, y así, en general, con otros procesos en lucha contra el imperialismo. En los últimos años, solo la respuesta internacional contra la guerra en Irak logró movilizar a millones de personas, y también las acciones puntuales en defensa de los inmigrantes.

Más internacionalismo

Y, sin embargo, la respuesta a muchos de los problemas de la lucha de clases, tanto a nivel nacional como internacional, está en que el internacionalismo vuelva a ocupar el lugar que nunca debió haber perdido. Internacionalismo entendido como esa lucha por la fraternidad de las clases trabajadoras, como expresión de la solidaridad entre los que luchan, como respuesta a las políticas del imperialismo globalizado. Siguen siendo válidas las palabras que Marx redactó en el Manifiesto inaugural de la I Internacional, (los trabajadores tienen) “el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones”.

En los últimos meses se ha hecho evidente la necesidad objetiva y subjetiva de un internacionalismo activo y organizado. Estamos asistiendo a una explosión que recorre prácticamente todos los continentes: Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia, Egipto, Francia, Reino Unido, Cataluña, Hong Kong, Líbano, Georgia, Argelia, etc. Y una excelente expresión del internacionalismo que necesitamos es la respuesta masiva e internacional de las mujeres contra el patriarcado y la lucha ante la emergencia climática que no solo nos amenaza, sino que ya es una realidad. Algunos ya comparan este estallido con el ocurrido en Europa en 1848 o el de los años 60 del siglo pasado; un reguero de protestas generalizadas como expresión de un malestar profundo con la desigualdad, con la falta de democracia, con el convencimiento de que solo un sector muy minoritario de la sociedad se está beneficiando, mientras que las condiciones de la existencia de la mayoría empeoran cada vez más. Es lo que podríamos llamar la respuesta popular al despliegue de las contradicciones de la globalización. La mayor internacionalización y concentración de poder no anula la competencia entre los distintos sectores del imperialismo, sino que, al contrario, la agudiza y la hace más explosiva, como el actual enfrentamiento comercial entre Estados Unidos y China y su repercusión en la economía mundial. Esas contradicciones se expresan también en el convencimiento de que los adelantos científicos, tecnológicos y productivos permitirían responder a los grandes problemas de la humanidad, hambre, miseria, explotación, crisis ecológica, etc. y, sin embargo, el capitalismo aún los agudiza más concentrando la riqueza en unos pocos a costa de la mayoría de la humanidad.

Para responder a estos procesos de movilización se necesita más internacionalismo, más colaboración entre las fuerzas políticas y sociales, más intercambio de experiencias, más coordinación, más debate sobre propuestas y programas que permitan una política internacional para la emancipación de las clases trabajadoras y los pueblos. Ya no existe -de hecho, no debería haber existido nunca- una organización nacional que pueda ser el guía del resto, sino una multiplicidad de organizaciones y experiencias que deberían sumar esfuerzos para, recogiendo la idea de Marx para la I Internacional, “crear un centro de comunicación y cooperación […] (para) la completa emancipación de la clase obrera”.

El internacionalismo es la respuesta al auge de los movimientos de extrema derecha. Combatir el veneno del nacionalismo opresor, de esa idea extendida por Trump de que lo primero es América, o España para Vox, o Francia para Le Pen, que significa el rechazo a los diferentes, sobre todo si son pobres, la negación de las clases sociales, arrebatar derechos a las mujeres, que la religión vuelva a ordenar las vidas y las conciencias, etc. Todo en nombre de la nación, es decir, de los intereses de los que actualmente dominan la nación, no de las clases trabajadoras y oprimidas. La respuesta a ese veneno solo puede ser la fraternidad entre las clases trabajadoras y los pueblos.

Internacionalismo es también libertad nacional

Lo que representa la globalización desde el punto de vista económico y político tiene confundidas algunas mentes. Por ejemplo, las de quienes en nombre de un supuesto internacionalismo niegan el derecho democrático de los pueblos a su autodeterminación y no tienen problema en aceptar la configuración actual de los Estados, o sea, las actuales fronteras. Esas mismas mentes confundidas dicen oponerse al “nacionalismo” mientras que en la práctica se sitúan en el campo de la nación opresora contra la nación oprimida. Para defender esa opinión encuentran algunas excusas: que en esta época de globalización capitalista la creación de nuevas naciones sería un retroceso, que la internacionalización de la economía hace inviable la existencia de pequeñas naciones o que es mejor la existencia de grandes unidades políticas y económicas. Pero tales opiniones niegan y ocultan la más importante: que la globalización representa también una enorme centralización política, un ahogo de las expresiones democráticas, tanto en la nación opresora como en la oprimida, y por lo tanto una agudización de la opresión política. Por eso no entienden ni pueden soportar que la lucha de los pueblos sea hoy un factor de primera importancia para la emancipación social y nacional.

Cierto que la globalización ha limitado la independencia económica de la mayoría de los Estados y los ha hecho más dependientes de alguna de las potencias; por ejemplo, la actual Unión Europea construida a imagen y semejanza de Alemania. Pero, por eso mismo, la construcción de ámbitos económicos y políticos superiores a los actuales Estados no debería hacerse sojuzgando a otros pueblos y naciones sin Estado. Al contrario, una política de internacionalismo obrero y democrático tiene que incluir el derecho de autodeterminación y así facilitar relaciones de asociación libres y voluntarias que serían la base de una nueva Europa de las clases trabajadoras y los pueblos. Nadie diría que es fácil lograrlo, pero la otra opción es mantener el poder del capital financiero y una Europa hecha a medida de los banqueros y los grandes capitalistas, una Europa en la que la extrema derecha tiene cada vez mayor peso. El internacionalismo que se necesita no puede restringir derechos, sino ampliarlos para poder construir sociedades más democráticas y menos desiguales, lo que debería ser el socialismo del siglo XXI.

Pero, aún insisten: “el internacionalismo representa la unidad de las clases trabajadoras y el problema nacional las divide”. No. En primer lugar, lo que divide a las clases trabajadoras es el capitalismo, y el problema nacional solo las divide si no se adopta una posición democrática, la de reconocer la igualdad entre los pueblos y las naciones. Los revolucionarios rusos de principios del siglo XX, que tenían una enorme complejidad nacional en su país, lo afrontaron así: “Como demócratas, defendemos el derecho a la autodeterminación de los pueblos en el sentido político de esta palabra, o sea, el derecho de secesión. Exigimos la igualdad incondicional de todas las naciones dentro del Estado y la protección incondicional de los derechos de cada minoría nacional. […] Todas estas exigencias son obligatorias para cualquier demócrata consecuente, y ni qué hablar para un socialista. […] La unidad de los obreros de todas las nacionalidades, unida a la más completa igualdad de derechos para las nacionalidades y al régimen estatal más consecuentemente democrático: tal es nuestra consigna y la consigna de la socialdemocracia revolucionaria internacional”. (Proyecto de plataforma para el IV Congreso letón-1913).

El internacionalismo de nuestros días seguramente será una mezcla de movimientos sociales, municipales, democráticos, sindicales y políticos, de esfuerzos compartidos para responder a las políticas neoliberales de la globalización, de debates programáticos sobre qué propuestas son la expresión de la movilización y experiencia de los movimientos, y también cuál debería ser la alternativa social, democrática y política al sistema capitalista. La actualización del internacionalismo la expresó Antoni Doménech en su libro El eclipse de la fraternidad: “Fraternidad es ahora, por encima de todo, internacionalismo proletario”.
 Miguel Salas sindicalista y miembro del consejo Editorial de Sin Permiso