Cuatro meses de protestas populares contra la aplicación del programa del FMI por el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo han dejado un saldo de más de 400 muertos, según los organismos de derechos humanos.

Lo que comenzó por una protesta estudiantil contra la reforma neoliberal de la seguridad social el 18 de abril se ha ido convirtiendo en una movilización generalizada y en una revuelta popular desarmada, que ha levantado los “tranques” (barricadas) en las principales ciudades del país. Y, finalmente, tras el fracaso de las negociaciones entre el gobierno, la patronal y la Iglesia Católica para la convocatoria inmediata de elecciones -la única salida democrática a la actual crisis general de Nicaragua- el gobierno ha recurrido a los paramilitares para asaltar Masaya, heroica ciudad del sandinismo, para aplastar mediante una represión armada brutal y asesinatos selectivos al movimiento popular.

El 19 de julio, fecha en la que se conmemora la Revolución Sandinista de 1979, el régimen de Ortega-Murillo -una caricatura corrupta del sandinismo- celebró el aplastamiento armado del movimiento popular que exigía elecciones, el fin de la corrupción y la no aplicación de las medidas neoliberales del FMI. Daniel Ortega ha acusado a los obispos nicaragüenses de “golpistas” y a EEUU de estar detrás de una trama golpista. Y sin duda el imperialismo aprovechará cualquier debilidad y crisis interna de la Revolución Sandinista para acabar con la larga rebeldía del pueblo nicaragüense.

Pero quien representan a la Revolución Sandinista, hoy como ayer, es el pueblo movilizado. No una burocracia corrupta, alimentada de la “piñata” (el reparto del presupuesto público) y el contrabando del petróleo enviado solidariamente por Venezuela. Una burocracia entregada al capitalismo de amiguetes, a las alianzas con la patronal y a los sectores más reaccionarios de la Iglesia, para prohibir el aborto, hambrear al pueblo con el programa del FMI. Y esto lo han denunciado cientos y miles de cuadros dirigentes y de militantes de base sandinistas que participaron con las armas en la mano contra Somoza y la Contra.

El ejercito sandinista se ha mantenido hasta ahora fuera del conflicto civil. Y es por ello que el régimen de Ortega-Murillo ha recurrido a los paramilitares contra la revuelta popular desarmada. Una revuelta que se ha visto, además, expropiada de cualquier representación propia en las negociaciones con el gobierno, porque el régimen Ortega-Murillo ha preferido sentarse con la patronal a negociar que con los comités de los tranques. Y ha ido ganando tiempo para evitar la convocatoria de elecciones como le solicitaban los mediadores internacionales y la Iglesia Católica y aplicar la linea más dura: la represión armada contra los tranques.

El régimen de Ortega-Murillo ha cruzado así una linea roja: disparar en nombre del sandinismo contra su propio pueblo con tal de retrasar unas elecciones generales para cumplir el mandato del FMI.

En este contexto, nos parece inaceptable cualquier justificación por parte de las izquierdas a nivel internacional de las políticas del régimen Ortega-Murillo. Hoy el pueblo de Nicaragua necesita su solidaridad, no lecciones hipócritas de táctica anti-imperialista. Precisamente por no denunciar desde 2006 la errática, pero siempre corrupta, evolución del régimen postsandinista de Ortega-Murillo, por no escuchar las denuncias de cientos de cuadros y militantes sandinistas sobre las políticas neoliberales del gobierno, se ha llegado a esta situación de quiebra moral y política en un país que fue ejemplo de una revolución popular anti-imperialista.

Y, estamos seguros, volverá a serlo.

¡Sandino vive!