El anuncio de la Fiscalía que pide al juez la imputación de 9 personas que se encontraban en el IES Pau Claris de Barcelona el 1 de octubre de 2017 ha vuelto a poner el foco sobre un episodio que muestra claramente la represión violenta que las fuerzas de seguridad del reino de España ejercieron contra la ciudadanía que expresaba libremente su opinión en las urnas del referéndum.

Esta imputación es la respuesta de las fuerzas represivas al coraje de las personas que denunciaron la acción policial y han conseguido llevar a algunos policías nacionales frente al tribunal. No es nada casual que los imputados formen parte de las personas denunciantes de la violencia de la Policía Nacional.

A los que estuvimos en ese recinto el día del referéndum nos devuelve la memoria de los acontecimientos. La mañana del 1-O nos encontramos bajo la lluvia un grupo de vecinos y vecinas del barrio y nos íbamos reconociendo mutuamente. “Mira, ahí está la vecina del segundo, el vecino del tercero”. Una sonrisa de complicidad pensando «pues sí, mira, aquel que no piensa como tú también quiere votar, también quiere decidir el futuro». Sentíamos que nos hallábamos en un ejercicio de democracia directa real. La tensa espera mientras llegaban las urnas, mientras esperábamos que el sistema informático funcionara, sentados en la escalera para resguardarnos de la lluvia, después acompañando y ayudando a las personas mayores a ser los primeros en votar.

De repente, aparecieron las arañas negras con porras y botas. Da igual el color de su uniforme, los ejecutores de la represión siempre son arañas negras. Por el estrecho punto de luz de la puerta, veíamos a los policías sacando y arrastrando a los compañeros de la entrada, mientras ellos iban avanzando a patadas y golpes de porra, lanzando personas escaleras abajo. Algunos tratamos de mantenernos en pie y fuimos repetidamente empujados por las escaleras y pisoteados hasta que los policías tuvieron el paso libre hacia la zona donde estaban las urnas. Ahí, en el piso de arriba, incautaron las urnas y se ensañaron contra quienes organizaban la votación de manera humillante. La violencia policial tomaba tintes de agresión brutal. Afortunadamente, hubo quien consiguió captar imágenes con teléfonos móviles que han dado la vuelta al mundo como testimonio de los hechos.

La fiscalía dice ahora que nosotros pegamos a los policías. Quieren hacer pasar las víctimas por delincuentes. Que nos lleven a todas y todos ante el juez, les hablaremos de cómo nos conjuramos desde primera hora para hacer resistencia pacífica, de cómo se coreaba «somos gente de paz», de cómo a veces alguien tenía miedo y decía «dejadme salir, no aguanto más». La violencia no era sólo física, era la angustia de una carga policial en el estrecho espacio de la escalera. 

Todo pasó en un centro escolar, donde los jóvenes el 2 de octubre, al llegar a clase y ver su instituto con las rejas violentadas y las puertas rotas, aprendieron que la violencia es patrimonio de las fuerzas represivas del estado, en este caso de la monarquía borbónica que un día borraremos de nuestras vidas.

Jordi López Santín Sindicalista de CCOO en TV3 (Televisió de Catalunya)