El reciente intento de golpe fracasado de Guaidó pone las cosas claritas. Por más que la situación del pueblo venezolano es muy difícil y precaria, la mayoría del pueblo sigue viendo el gobierno de Maduro como la opción menos mala en medio de un peligro de guerra civil y de apoderamiento del petróleo por parte del imperialismo de Estados Unidos. Y el ejército de Venezuela quiere seguir a esa mayoría del pueblo en lugar de buscar un enfrentamiento sangriento.

Estados Unidos ha estado promoviendo, a través de bloqueos económicos concretos y a través de la presión diplomática internacional, el fin del chavismo. Con todo el descaro que caracteriza a Trump, su consejero de seguridad, Bolton, dejó claro que “todas las opciones están encima de la mesa” con el objetivo de volver a la “doctrina Monroe”. Es decir, a poner América Latina bajo las órdenes e intereses de Estados Unidos, incluso por la opción del golpe militar. Esa es su manera de entender “primero América”… Pero una y otra vez ha fracasado en su intento de enterrar la revolución bolivariana, a pesar de su debilidad y de los errores cometidos por sus dirigentes.

En Europa el gobierno de Sánchez ha sido, desgraciadamente, el valedor de la política de Trump de reconocer al golpista Guaidó como “presidente”. Nunca había caído tan baja la autoestima e independencia de Europa respecto al imperialismo norteamericano. Sin embargo Alemania y Francia, y luego el propio Estado español, han tenido que rectificar ese apresurado reconocimiento al ver que Guaidó no cuenta con un apoyo de población suficiente ni, sobre todo, en el ejército.

¿Y ahora? Guaidó se ha lanzado a una aventura, quizás definitiva para él, de intentar provocar el golpe de Estado a partir de algunos militares. Y una vez más, pero aún de forma más clara, esta fuga hacia adelante ha mostrado que la oposición derechista venezolana no cuenta ni con apoyo popular ni en el ejército. Peor aún: ha mostrado que no le importa el derramamiento de sangre, la provocación de una guerra civil, si con ello consiguen la reconquista del poder oligárquico y de los recursos naturales del que fueron desplazados desde la etapa de Chávez. Y eso la propia población que seguía a Guaidó lo ha visto y se ha quedado en casa tras tres meses de agotadoras movilizaciones.

¿Y ahora qué, presidente Sanchez? La intentona golpista ha concluido, de momento, con un solo objetivo: liberar a Leopoldo López, el otro golpista, de su confinamiento en casa. Pero su cambio de residencia descansa por ahora en el apoyo que la embajada española le está dando, dejándole la casa del embajador y considerándole como “huésped”. ¿Así se apoya la democracia, dando cobijo a golpistas que actúan conchabados con los intereses imperiales norteamericanos? ¿Ese es el ejemplo que quiere dar España ante los pueblos de América Latina?

El PSOE, junto al PP y Cs, fueron los que aplicaron el artículo 155 al Govern de la Generalitat, suspendiendo la autonomía durante meses, en nombre de que el independentismo estaba dando un “golpe a la democracia”. Un “golpe” sin armas, sin violencia, sin alzamiento insurreccional… En cambio cuando éste se produce en Venezuela con todos los requisitos, ante los ojos del mundo, el ministro de exteriores, señor Borrell, defiende su protección y no lo entrega a las autoridades.

¡Basta de apoyar a golpistas, a verdaderos golpistas! Sánchez debe rectificar inmediatamente su política de apoyo a los planes golpistas de Estados Unidos y defender una salida democrática ante la crisis de Venezuela en la que sea el pueblo venezolano quien decida libremente. Sólo apoyando una salida pacífica, democrática y soberana desde Venezuela, levantando los bloqueos económicos y las amenazas de golpes o invasión militar, puede encontrarse la vía para resolver la crisis en Venezuela. Es la hora de que Europa abandone el seguidismo de la vía guerrera y destructiva de Estados Unidos. Sánchez debería aprovechar esta ocasión.