Un año más por la Diada las calles de Barcelona se han llenado de catalanes reclamando su libertad nacional y sus derechos ciudadanos. Han sido de nuevo, firme y tozudamente, centenares de miles. Cierto, parece que han sido menos que otros años, pero largamente sobrados como para no dar un respiro a quienes desde sus despachos se empeñan todavía con parecida tozudez en negarles lo que exigen: libertad para sus líderes encarcelados o huidos y para resolver como pueblo su futuro político.

Mucho se habla, desde dentro y desde fuera del propio movimiento, de la división en las filas del soberanismo catalán como una debilidad que mina o amenaza con minar su potencia y su amplitud. La división, la pugna entre diferentes puntos de vista y líneas de acción, es sin duda cierta. Basta echar un ojo al desarrollo de la última Diada para descubrir las diferencias entre las principales organizaciones civiles de masas del movimiento. Mientras la Assemblea Nacional Catalana (ANC) ponía el énfasis en el objetivo de la Independencia, Omnium Cultural lo hacía en la absolución de los líderes políticos y civiles en espera de la inminente sentencia del Tribunal supremo. Seguramente fueron estas diferencias las que hicieron que en este año la ANC tomara a cargo en solitario la organización de la tradicional manifestación de la tarde, mientras que Omnium se concentraba en reforzar su propio acto en la mañana. Sin embargo, y esto es al menos tan importante como las diferencias, la ANC participó activamente en el acto de Omnium por la absolución de los procesados, lo mismo que todos los partidos independentistas e incluso de los Comunes. Y Omnium llamó sin reservas a participar en la manifestación de la tarde y estuvo presente con una intervención desde la tribuna. Desde las diferencias, el movimiento sigue mimando su unidad de acción y no es nada evidente que la división lo esté debilitando.

Las más de las veces se presenta esta división como una simple pugna partidista entre Esquerra Republicana y la antigua Convergència, los dos enfrentados siempre con la vista puesta en las siguientes elecciones. Sin embargo, no hace falta una gran lupa para ver cómo las diferencias sacuden, de manera más o menos aparatosa, cada uno de los partidos y organizaciones catalanes. Y de hecho, siempre las hubo, importantes y muy visibles hasta el gran choque de octubre de 2017.

Si ahora no se puede decir que sea lo mismo es porque ese choque ya se produjo. El 1 de octubre, y en las primeras reacciones frente a la represión, el 27 de septiembre y el 3 de octubre, el movimiento alcanzó su cota más alta, se amplió mucho más allá del independentismo en una movilización democrática, impuso la realización del referéndum y luego paralizó todo el país. El régimen del 78, la Monarquía, desplegó la represión con policías, fiscales y jueces y lanzó por delante a su Rey, retratándolo de manera descarnada y definitiva. Y, otro dato importantísimo, las instituciones de la Autonomía catalana que, ora de buen grado ora empujadas por el movimiento, no habían dejado de vertebrarlo, se fundieron con el primer fuego del artículo 155 de la Constitución, su Parlament disuelto y su Govern encarcelado o partido al exilio.

Digerir, procesar las lecciones del Octubre de hace dos años, no es fácil para nadie. Un nuevo camino de progreso solo podrá surgir de la lucha de ideas, tendencias, partidos y clases que hoy dibujan el relativo panorama de crisis y división del movimiento, pese a su enorme fortaleza.

Durante todos estos años de Procés, la antigua Convergència, maltrecha, reencarnada, metamorfoseada, ha conservado el liderazgo. Sería superficial explicar su fortaleza por el maquiavelismo de sus líderes. Más bien es algo que echa sus raíces en la Autonomía catalana que Convergència ha pilotado durante casi toda su existencia. Es cierto que la Autonomía ahogó las aspiraciones de Cataluña a su libertad nacional evidentes en la crisis del franquismo, pero lo es también que las alimentaba y las cimentaba, chocando una vez tras otra con el Estado. Convergència forjó en ese enfrentamiento su hegemonía, que el fracaso de la izquierda en la reforma del Estatut, abortada por el Tribunal Constitucional, no hizo más que reforzar.

En respuesta a la sentencia del constitucional sobre el Estatut y tras intentar aún sin éxito pactar con el Estado una mayor autonomía financiera, Artur Mas tendió la mano a un movimiento ya en marcha por la autodeterminación y la independencia, a partir de los referéndums locales y la constitución de la ANC, un movimiento muy popular y de fondo en la sociedad y en el que amplios sectores de los cuadros y las bases de la propia Convergència. Esta confluencia, más o menos accidentada, dio forma al Procés, reforzando su apego a las instituciones autonómicas y la ilusión de un progreso hasta la independencia, o cuando menos la autodeterminación nacional, no solo pacífico, sino también institucional, ordenado y conforme a una evolución democrática de la legalidad autonómica catalana.

Ahí han estado seguramente sus límites, que se hicieron evidentes en el desarme frente a la aplicación del 155. Unos límites que parecen señalar la necesidad y la esperanza de una renovación del movimiento, de su orientación y de sus fuerzas hegemónicas. Ahí está la oportunidad y el reto que se plantean a la izquierda catalana.  

Sin embargo, el panorama de la izquierda no permite ningún triunfalismo.  Esquerra Republicana, no solo se resiste a romper su alianza con la derecha catalana en el Govern de la Generalitat, compartiendo responsabilidades en las políticas sociales y económicas procapitalistas que castigan gravemente a las clases populares y ponen un límite insostenible a la pretensión de buscar alianzas hacia la izquierda para ampliar el movimiento, sino que resiente la tentación de contentarse con relevar a Convergència en la pura administración autonómica. El PSC, fuertemente laminado desde que volvió la espalda al derecho de decidir, se empeña con el PSOE en su política de mantenimiento del régimen del 78. Y Catalunya en Comú ha venido alejándose de sus principios fundacionales (la República y un proceso constituyente catalán), busca un lugar a la sombra del PSOE y se ve sometida, como le ocurrió al PSC, a una pérdida de fuerzas en los sectores más apegados a la radicalidad democrática.

Pero hay voces, fuerzas y esfuerzos en marcha que empujan a una reacción en la izquierda: la reflexión abierta por la asamblea nacional de la CUP el pasado julio, el agrupamiento de los Comunes soberanistas, las intervenciones repetidas de Xavier Domènech y Joan Tardà, entre otras. Y hay condiciones para esta reacción: sobre todo porque la sentencia del Tribunal Supremo reavivará necesariamente el movimiento y la lucha por la Amnistía pondrá de nuevo en marcha a sectores muy amplios de la izquierda.      Santiago de Alegría Economista y redactor de la revista La Aurora.