Más de la mitad de la población ya está en la “fase 1”. Y la calle, con la profundidad de las heridas provocadas por el covid-19, vuelve al primer plano.

En esta desescalada territorialmente asimétrica y cargada de presión patronal por hacer caja y de la población por su seguridad, conquistar la calle y con ello, el discurso político va a resultar determinante. Si lo gana la izquierda social y política en alianza con el soberanismo, el neoliberalismo perderá asidero y en el Estado habrá cambios que olerán a republicanismo y libertad. En caso contrario, el 1% más rico reforzará inexorablemente su poder y encogerá todavía más la democracia y nuestros ya muy maltrechos derechos.

En las calles donde viven “los del dinero”, unos pocos centenares de personas en descapotable, con ropa de marca y forrados con banderas españolas, van arengando, azuzados por Vox y PP, soflamas contra comunistas y migrantes, a la vez que reclaman la dimisión del Gobierno. Son negacionistas de una pandemia que, si bien no distingue a quién afecta, se ceba sobremanera en los barrios de la población no rica en una sociedad profundamente dividida en clases. Barrios en los que no se ve el éxito del escudo social diseñado, ni tampoco el de sus sucesivas prolongaciones. Ese es el verdadero boquete en la línea de flotación del Gobierno. Es allí donde se mide el auténtico valor de las medidas.

Se trata, por ejemplo, de Vallecas o de Aluche en Madrid, del Raval y Nou Barris en Barcelona, pero también Sevilla, Ferrol o Bilbao, allí donde las asociaciones de vecinos y los grupos de apoyo mutuo se han tenido que poner a repartir comida y a estudiar soluciones para hacer frente a una emergencia social que amenaza muy seriamente a una gran parte de la ciudadanía. Esos colectivos, junto a los de mujeres, sindicatos y múltiples asociaciones en defensa de la sanidad o la educación, son los que, entre otras entidades, constituyen una respuesta ante unas ayudas que hacen aguas.

Se trata de un tejido social que ha visto que en esta crisis su discurso de años en favor de lo público sale reforzado. Todos hemos comprobado que nada resulta tan seguro, superador de la diferencia y garante de igualdad como aquellos derechos que son universales para toda la población y que, precisamente por ello, se ejercen con el aval del Estado. El escudo ahora diseñado se ahoga por escaso, a la vez que por la dependencia para su ejecución de múltiples condicionantes privados que los transforman en poco eficaces y menos generosos. El dinero se entrega a través de los bancos y ellos ponen sus requisitos. Las ayudas al alquiler son recursos para los grandes propietarios y deudas para los inquilinos. La protección de la mujer ante la violencia machista tampoco mejora. El resultado de todo ello se ve en las colas en nuestros barrios y en que el 25% de las ayudas a las empresas se las quedan las más grandes; solo hay migajas para autónomos y pequeños propietarios. El modelo no rompe con la austeridad, y por eso de él sacan más ventaja los de siempre.

En la calle nos jugamos en esta desescalada el modelo que debe guiar los pasos a seguir. Se trata de un modelo que ponga en el centro los derechos de las personas y sus necesidades y pivote sobre lo público y la participación ciudadana, o bien será el modelo de los barrios ricos que nos hará comer bandera en forma de mascarilla, mientras profundiza el modelo neoliberal.