Todo empezó un 18 de marzo de 1871. Por primera vez en la historia el pueblo trabajador tomó en sus manos su propio destino y abrió el camino para una nueva etapa de la humanidad. 150 años después sigue siendo un acontecimiento histórico que atrae todas las atenciones, ya sea para recordar, preguntarse sobre su actualidad o denigrarlo. La realidad es que, desde entonces, toda revolución, todo proceso transformador de la sociedad encontró en la experiencia de la Comuna de París referencias, espejo en el que mirarse y aprendizaje útil para la configuración de la nueva sociedad que imaginamos y deseamos.

Cada vez que se ha intentado “asaltar los cielos” -en feliz expresión acuñada por Marx- la Comuna ha estado presente. Fue una guía para los revolucionarios rusos, como un emblema en la revolución española o una expresión práctica de democracia revolucionaria y participación popular cuando había que oponerse a concepciones burocráticas de los procesos revolucionarios. Reapareció en el Mayo del 68 francés o en la rebelión zapatista en México. De una u otra forma, la Comuna siempre vuelve.

El levantamiento del pueblo parisino se inscribe en la serie de revoluciones que se desarrollaron durante el siglo XIX en toda Europa. En el transcurso de un siglo una parte de la sociedad europea hizo el recorrido desde la sociedad feudal que imperaba a finales del siglo XVIII hasta la primera revolución obrera a finales del XIX. Francia fue la catalizadora de esos procesos. La Revolución francesa de 1789 acabó con el régimen feudal y abrió paso al gobierno de la burguesía. Durante el siglo XIX se sucedieron tres repúblicas, dos imperios y dos monarquías. Algunos historiadores debaten si la Comuna fue el final del impulso iniciado por la Revolución francesa o si fue la primera revolución obrera. Las revoluciones nunca son perfectas ni corresponden a un canon preestablecido. El desarrollo de la sociedad no es uniforme, suele combinar pasos adelante con las cargas del pasado. La Comuna tuvo el honor de que por primera vez la clase trabajadora encabezara una revolución. En las anteriores el pueblo llano estuvo dirigido por la burguesía o por la pequeña burguesía, pero en la Comuna por primera vez se tomaron decisiones que ponían en cuestión la propiedad capitalista y tendían a organizar la producción a favor del interés colectivo, al mismo tiempo que se decidía profundizar en lo que los burgueses no se habían atrevido: una aplicación plena de las libertades, la separación entre la Iglesia y el Estado, el laicismo en la enseñanza o una educación para todo el pueblo. Fue una revolución que abrió las puertas hacia el futuro, no hacia el pasado. Uno de sus dirigentes, Leo Frankel, lo expresó así: “No hemos de olvidar que la revolución del 18 de marzo ha sido realizada por la clase obrera. Si no hacemos nada por esta clase, no veo la razón de ser de la Comuna”.


Guerra y traición

El levantamiento popular estuvo determinado por la crisis del Segundo Imperio de Napoleón III y la guerra que inició contra Prusia para intentar evitar su caída, que finalmente precipitaría su fin tras la derrota del ejército francés. Suele atribuirse a la Comuna un espontaneísmo que hay que poner en cuestión. Como en todas las revoluciones, hay condiciones materiales o crisis políticas que las preparan, como también una determinada conciencia y experiencia de las clases sociales que participan en ellas. Desde el año 1867 se habían declarado huelgas importantes, algunas de ellas reprimidas a sangre y fuego por el ejército; había una persecución intensa contra los dirigentes obreros, especialmente contra los afiliados a la Primera Internacional que se había fundado en 1864, y se habían ido fraguando diversas oposiciones, todas de carácter republicano pero con distintas visiones de clase, desde los republicanos burgueses hasta las diferentes tendencias obreras, blanquistas, jacobinos, proudhonianos, cooperativistas, internacionalistas, etc. En 1869 se convocaron elecciones, y aunque las ganó el régimen, se presentaron candidatos republicanos y socialistas que lograron 40 representantes de 280. No se hacían ninguna ilusión: “Los más hermosos discursos -decían- no han impedido nada, nada nos han dado; es menester hacer algo, sacudir el Imperio hasta descuajarlo”.

Por eso, tras la derrota del ejército francés en Sedan, el 4 de septiembre de 1870 se proclama la república con relativa facilidad. Pero la república no es más que un primer paso. El gobierno queda en manos de una alianza entre burgueses republicanos, dirigentes y militares del antiguo régimen e incluso con la colaboración de monárquicos, a cuya cabeza se coloca Adolphe Thiers. París y las ciudades importantes perciben que los nuevos gobernantes están dispuestos a un acuerdo con el invasor y que temen más al pueblo que a los ejércitos enemigos. “La resistencia es una locura”, dicen, pero el pueblo responde: “¡Defendednos! ¡Expulsemos al enemigo!”. De septiembre de 1870 a marzo de 1871 se abre un foso entre los gobernantes y el pueblo. Se va abriendo paso la idea de la Comuna frente a las políticas del gobierno. En septiembre lo intentan en Lyon. El 31 de octubre un grupo blanquista lo intenta en París. Cuando la noche del 18 de marzo de 1871 el pueblo de París descubre la provocación de que su propio gobierno le quiere arrebatar los cañones y las armas, la suerte está echada. La Comuna es la respuesta.

La idea de la Comuna formaba parte de la tradición revolucionaria francesa. En la Edad Media representaba el ejercicio de ciertas libertades ciudadanas frente a la nobleza. Durante la revolución francesa la Comuna de París fue la organización municipal de la ciudad y uno de los pilares de la proclamación de la república tras el intento de huida del rey. Las tradiciones revolucionarias, la experiencia de la revolución de 1848 y la maduración de la clase trabajadora en la lucha contra Napoleón III confluyeron en la proclamación de la Comuna, el primer gobierno de los trabajadores de la historia.

Cambiar el mundo y la vida

En La guerra civil en Francia escribió Marx: “La clase obrera no exigía milagros de la Comuna. No tenía utopías fijas y acabadas […] no tiene ideales por realizar; sólo tiene que poner en libertad los elementos de la nueva sociedad”. La Comuna no tenía un programa previo. Todavía no existían partidos obreros o socialistas y las organizaciones obreras eran asociaciones con objetivos difusos, ya que el desarrollo de la clase obrera estaba todavía en sus inicios. Quienes tenían una idea más avanzada eran los internacionalistas (por estar afiliados a la Primera Internacional), pero eran muy minoritarios. Lo más impresionante de la Comuna es que respondiendo a la movilización y a las necesidades del pueblo de París configuró las bases políticas y sociales de la revolución social y de una nueva sociedad.

Al repasar los 72 días de su existencia sorprende la cantidad de decretos que aprobaron y pusieron en marcha, incluso en las condiciones de asedio, de enfrentamiento militar y de ausencia de muchos recursos. En esta cronología que publicamos puede seguirse ese proceso día a día. Uno de los primeros objetivos fue asegurar la alimentación, ya reducida por el asedio prusiano. Se creó una Comisión de Subsistencias para asegurar el abastecimiento y mantener precios estables. Se reabrieron los mercados, se fijó el precio del pan y de los alimentos esenciales y se intentó evitar los intermediarios para evitar la especulación. Funcionaron cooperativas de consumo y comedores colectivos que tuvieron mucho éxito. Se limitó el salario de los altos funcionarios. Todos los miembros de la Comuna debían ser elegidos y revocables, como los jueces y funcionarios públicos. Se suprimió el ejército permanente. Se decretó la separación entre la Iglesia y el Estado. La enseñanza pasó a ser gratuita y laica. Se tomaron medidas especiales para escolarizar a las niñas. Se suspendieron durante unos meses los alquileres de las viviendas. Se empezaron a agrupar las empresas para formar cooperativas… era un programa social y revolucionario que abría las perspectivas de un mundo nuevo.

La Comuna fue también una festiva explosión de participación democrática. Se deliberaba, se participaba en las decisiones, se elegía directamente tanto a los miembros de la Comuna como a los oficiales de la Guardia Nacional. Las mujeres, sin derechos ni reconocimiento, se organizaron, participaron en las decisiones y en los combates en las barricadas, aunque no llegaron a tener responsabilidades en la Comuna ni a obtener su derecho a voto. Se abrieron multitud de clubes políticos, algunos se instalaron en iglesias apropiadas por el pueblo. El Circo de Invierno, en el que cabían unas 6.000 personas, se convirtió en una especie de asamblea permanente. Allí se podía escuchar a los dirigentes de la Comuna, o participar en una asamblea de masones -que apoyaron a la Comuna- o encontrarse con una concentración de panaderos reunidos para celebrar la prohibición de trabajar por la noche. Hubo una explosión de la prensa escrita. El Diario Oficial de la República fue el órgano de la Comuna. Entre los periódicos partidarios de la Comuna estaban Le Cri de Peuple, dirigido por Jules Vallès; fue de los más leídos, con una tirada que podía oscilar entre 50.000 y 100.000 ejemplares. Le Pere Duchêne, Le Vengeur, Le Reveil, Le Châtiment, L’Action, Le Tribune du Peuple. Hubo periódicos feministas, como La Sociale. Se mantuvo una prensa republicana moderada, como Le Rappel, La Verité, Le Triomphe de la Republique, e incluso durante semanas siguieron editándose periódicos abiertamente contrarios a la Comuna, cuando fuera de París estaba prohibida y perseguida toda expresión escrita favorable a la Comuna.

El arte y la cultura se hizo accesible a la población. Se abrieron bibliotecas y museos con entrada gratuita y algunos abiertos por la noche. Los trabajadores de esos centros participarían en la toma de decisiones. Se impulsó un arte independiente del poder, se creó una Federación de Artistas dirigida por el pintor Gustave Courbet. También se creó una Federación Artística que agrupó a compositores, escritores y artistas dramáticos y líricos. Se abrieron teatros y organizaron numerosos conciertos.

La revolución quedó aislada en París y quizás no hizo lo suficiente para extenderla al resto del país. Hubo numerosas manifestaciones de apoyo y se proclamaron comunas en otras ciudades, como Lyon, Narbonne, Saint Étienne, Marsella y Limoges, pero fueron sofocadas a los pocos días. Se dirigieron llamamientos al pueblo francés y a los trabajadores del campo para establecer relaciones de apoyo y solidaridad, pero el asedio combinado de las tropas del gobierno francés de Versalles y las del ejército prusiano y el poco tiempo del que dispusieron impidió su desarrollo.

La Comuna fue consciente de que no podía limitarse a París. Se oponía a la centralización que la Monarquía y el Imperio habían impuesto, y aunque el debate no llegó a desarrollarse, se imaginaba la unidad de la nación como la asociación voluntaria de las comunas de toda Francia. El municipio sería la base, con las competencias que afectasen a su población; se federarían las comunas a nivel de departamento y región, las competencias y el gobierno central serían la expresión de las comunas y su función estaría limitada a los intereses nacionales y a la política exterior. Una organización democrática de arriba abajo. Marx lo explicó así: “Las pocas, pero importantes funciones que aún quedarían para un Gobierno central no se suprimirían, como se ha dicho, intentando falsear la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la nación sino, por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad independiente y situada por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria”. (La guerra civil en Francia)

Represión brutal

La burguesía no podía soportar que la clase trabajadora dominara París y desde el primer momento fue preparando el ejército necesario para destruir la Comuna. No había posibilidad de conciliación. Quien lo intentó fracasó. La Comuna mostró un cierto grado de ingenuidad al no prepararse para ese enfrentamiento, no solo desde el punto de vista militar sino, por ejemplo, adueñándose del Banco de Francia, lo que hubiera sido un golpe importante para la economía de los capitalistas.

El 21 de mayo el ejército de Versalles abre las primeras fisuras en la defensa de París. Empieza lo que se llamará la Semana sangrienta por la brutal e indiscriminada represión que se abatirá sobre el pueblo de París. Se luchará barrio por barrio y casa por casa, pero el odio de la burguesía no tendrá ninguna consideración. “La industria parisiense quedó destruida a consecuencia de ello. Sus jefes de taller, contramaestres, ajustadores, obreros artistas que dan a su fabricación su valor especial perecieron, fueron detenidos o emigraron. La zapatería perdió la mitad de sus obreros; la ebanistería, más de un tercio; diez mil obreros sastres, la mayor parte de los pintores, fontaneros y plomeros desaparecieron; la guantería, la mercería, la corsetería y la sombrerería sufrieron el mismo desastre; hábiles joyeros, cinceladores y pintores de porcelana huyeron. La industria del mueble, que antes daba trabajo a más de sesenta mil obreros, tuvo que rechazar pedidos por falta de brazos. Un gran número de patronos que reclamaron a Versalles el personal de sus talleres recibieron la respuesta de que enviarían soldados para sustituir a los obreros” (Prosper-Olivier Lissagaray. Historia de la Comuna). Hasta la prensa favorable al gobierno acabó mostrando sus reservas: “¡No matemos más! -publicaba el París-Journal del 2 de junio-. ¡Ni a los asesinos, ni a los incendiarios! ¡No matemos más! No es su indulto lo que pedimos, sino una prórroga”. Pero el gobierno, con Thiers a la cabeza, quería acabar con toda resistencia para poder declarar: “El socialismo ha acabado por mucho tiempo”.

Todo termina el 26 de mayo. Hasta el último momento defendieron su obra los obreros de París. Lissagaray relata: “La última barricada de las jornadas de mayo es la de la calle Ramponneau. Por espacio de un cuarto de hora la defiende un solo federado. Por tres veces rompe el asta de la bandera versallesca enarbolada sobre la barricada de la calle París. Como premio a su valor, el último soldado de la Comuna consigue escapar” (Historia de la Comuna). El socialismo renacerá y aprenderá; necesitamos seguir aprendiendo de las lecciones de la Comuna.

Para leer:

https://www.sinpermiso.info/textos/150-aniversario-de-la-comuna-de-paris-la-guerra-civil-en-francia

https://www.sinpermiso.info/textos/la-alternativa-posible-de-la-comuna-de-paris

Historia de la Comuna- Prosper-Olivier Lissagaray- Capitán Swing

La Comuna de París- Roberto Ceamanos- Edit. Catarata

Miguel Salas es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso