El domingo 28 es el día de las elecciones a Cortes. Será la tercera vez en cinco años.

Últimamente, la opinión publicada dominada por el poder y sus voceros presenta cada elección como el medio para recuperar la “estabilidad política perdida”. Pero la realidad es que esta estabilidad se aleja como la línea del horizonte. No puede volver porque la mató la crisis económica de 2008 y la consiguiente crisis política que puso fin a la cómoda alternancia bipartidista, resumida en el cambio del artículo 135 de la constitución y en la explosión e impúdica de la corrupción.

Como consecuencia, sufrimos un empobrecimiento que alcanza al 22% de la población y una falta de recaudación fiscal que, junto a la evasión y elusión de los más ricos, lastra de manera determinante toda la política social. La sanidad y la educación se hallan exhaustas; los ayuntamientos, desfondados; la Seguridad Social, en números rojos permanentes. Las pensiones son cortas, los desalojos de vivienda no dan tregua y los salarios ya no le alcanzan a la mitad de la población. La contaminación ambiental en las ciudades y la falta de seguridad en el trabajo aumentan las enfermedades y provocan miles de muertes. La España vaciada se lanza a la calle para reclamar que existe, mientras continúa perdiendo población. El  juicio que se realiza al procés y la presencia de cabezas de lista en la cárcel  o en el exilio muestran la incapacidad del régimen para aceptar una resolución democrática de la cuestión territorial.

La falta de soluciones a todos estos problemas no se debe a que la ciudadanía yerre cada vez que vota, sino al propio régimen en el que vota. El entramado legal del 78, con su rey y su canonizada constitución, no tiene capacidad para achicar el agujero existente entre una legalidad formal, cada vez menos útil y alejada, y la ley realmente aplicada sobre la vida y hacienda de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Esa enorme distancia y falta de respuestas concretas a los problemas reales del día a día desanima y aparta a no poca gente del voto. Y es que, de la misma manera que los poderosos del reino no encuentran al abrir las urnas la estabilidad que anhelan, tampoco la inmensa mayoría percibimos al votar los cambios que necesitamos con urgencia. Cambios que empujan sin remedio hacia un nuevo contrato social.

Votar no está representando la salida con mayúsculas que esperan el poder o el pueblo, pero tampoco eso significa que votar deje de ser fundamental. A través de las urnas se expresan tendencias profundas que avanzan por desgaste en el marco del ya muy deteriorado régimen del 78.

En estas elecciones se escoge entre dos grandes opciones que se dividen en tres alternativas. Y cada papeleta contará, y mucho, para el futuro de cada una de ellas. Las grandes disyuntivas se sitúan en mantener la actual parálisis, dar un salto involutivo o avanzar hacia la posibilidad de un nuevo contrato social que lo replantee todo (social, política y territorialmente).

Por una parte, nos jugamos rechazar que la suma de la derecha tricéfala (PP, C’s, Vox) marque con su victoria un camino de retroceso en toda regla y en todos los frentes. Por otra parte, debemos intentar que el voto no sirva para dar un oxígeno inmerecido e inútil a un régimen constitucional caduco que, de la mano del PSOE y de una futurible alianza con C’s, espera remozarse para que todo siga igual. Existe una tercera opción que también implica al PSOE, pero que en este caso se basa en la posibilidad de formar un nuevo gobierno a partir de la mayoría plural y diversa que permitió la moción de censura a Rajoy y que hizo presidente a Sánchez. De estas tres salidas inmediatas, la última resulta la más favorable a los intereses de los oprimidos. Y lo es, no tanto por lo que se pueda hacer desde Moncloa (que sabemos que es mucho menos de lo que se espera, pero siempre más de lo que parece), sino porque representa la única alternativa que coloca en mejor situación a las fuerzas que empujan a favor de saltar la pantalla del régimen o que trabajan en la frontera del mismo.

Se trata de dar un paso que abra la puerta a la libertad, la igualdad y la fraternidad, caminar hacia un marco constituyente republicano y no constitucional monárquico. Y esa posibilidad está dentro de la tercera salida y en el avance de aquellos de sus componentes más comprometidos con el movimiento obrero, el movimiento feminista, la libre decisión de los pueblos del reino, la sostenibilidad y la limpieza democrática.

El 28 hay que votar con fuerza y usar la papeleta para apoyar a una de las distintas listas de izquierdas republicanas y soberanistas que en cada circunscripción se puedan presentar. Aquí van nuestras preferencias: En Reino, Unidas Podemos. En Catalunya, la coalición ERC-Soberanistes y En Comú Podem. En Euskadi y Navarra, EH Bildu; en Navarra también, Aldaketa al Senado y Unidas Podemos al Congreso.

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