Con el agua y su carga de lodo todavía anegando casas, negocios y garajes, se nos dice, ante la tentación de lo evidente, que no mezclemos el cambio climático con las inundaciones que han mantenido a la mitad de la población con el corazón en un puño. Sin pudor y con desfachatez se nos recuerda que, en esta época, “siempre llueve”. El poder intenta así disimular sus responsabilidades, ocultar y minimizar el maltrato social permanente al que somete a la población de la mano de los gobiernos e instituciones que le sirven. Seis muertos, decenas de heridos, incontables daños materiales, una ristra de quejas de los afectados y una más que previsible desgastante guerra contra las aseguradoras no se saldan con el envío de soldados, buenas palabras y un par de decretos.

De la misma manera que ningún día es igual al anterior, una gota fría (Dana) nunca es idéntica a la que le precedió. Las acciones en unos campos representan inacciones en otros. Recordemos: han pasado 20 años de la ley del suelo de Aznar, que permitió, por el bien de las grandes constructoras y bancos, enladrillar la piel de toro como si no hubiera un mañana. Por ese “alto propósito” se cambiaron cauces, se invadieron riberas, se taló lo que hubiera que talar, se doblegó la voluntad de ayuntamientos y se desarrollaron una burbuja especulativa y una corrupción gigantescas. 

El resultado para lo que nos atañe fue: estallido de la burbuja, aumento de la pobreza, de los desahucios, bancos en ruina rescatados y nacimiento de la Sareb. Luego vendría el rescate de las autopistas. Paralelamente, en todo este tiempo se ha sometido a todos los dispositivos en manos del Estado para proteger a la población a un debilitamiento que, muchas veces, los ha dejado irreconocibles. La implacable política neoliberal que, con el cambio del artículo 135 de la Constitución, encumbró al régimen del 78 al marco de lo irreformable, ahondó mucho más la tendencia a someterlo todo a los intereses de los tenedores de deuda, los grandes empresarios y financieros. Hay una relación directa entre los efectos de la Dana y centrarse en “salvar” a un puñado de ricos. Hay una relación de causa-efecto entre la desatención a los bosques o a los cauces de ríos, así como a la renuncia a una planificación sostenible y el peso de la banca en nuestras vidas.

Los graves problemas que arrastra el reino salen de nuevo a la luz también en la forma tan brutal de esta gota fría. Son problemas que reflejan la incapacidad del régimen del 78 de hacer de las dificultades de la mayoría y de su correlato en derechos la base de la acción política. 

Seiscientas mil personas desfilaron el 11 de septiembre por las calles de Barcelona exigiendo democracia, y más de 50 mil lo hicieron en Bilbao. Los centenares de miles de personas afectadas por las inundaciones también necesitan de la democracia para proteger su vida, su hacienda y sus municipios contra el negocio de una minoría muy poderosa que, en este caso, ha servido como acelerador para un nuevo sufrimiento en forma de brutal gota fría.