Desde principios de octubre, la recesión en el sector manufacturero mundial representa ya una realidad incontrovertible. Ninguna de las principales economías se salva, ni siquiera China o India que, si bien aún no se hallan todavía en crisis en esos campos, sí registran índices de actividad bajísimos. No sabemos cuándo el veneno de la recesión paralizará a la economía en su conjunto, pero sí que Brasil o Argentina ya están en abierta recesión. En todo caso, lo que ya se puede afirmar es que la raquítica recuperación de los últimos 5 años, mantenida sobre una política neoliberal de recortes y privatizaciones sin fin a partir del crédito barato, ha tocado su fin. El pueblo trabajador, que ni ha olido esa “recuperación”, debe prepararse ya para un nuevo empeoramiento de las condiciones de vida. En el último decenio, los salarios subieron un mísero 0,08%, mientras los beneficios empresariales lo hicieron en un 11,3%. La sociedad ha seguido empobreciéndose, fragmentándose, perdiéndose población en más de mitad del reino y llenándose de precariedad. 13 millones de habitantes continúan en riesgo de exclusión, 4 millones de trabajadores son pobres, el desempleo juvenil alcanza el 45%; solo en Madrid se producen más de 20 desahucios diarios, mientras el 1% de la población acapara más de 40% de toda la riqueza.

A esos datos hay que sumar, como señala CCOO, que los EREs crecen y que el empleo industrial sigue retrocediendo (en los últimos 10 años, han cerrado más de 82 mil industrias).

La crisis económica nos llega, no solo con los derechos maltrechos, sino con la incapacidad de una oligarquía de banqueros y tenedores deuda nula para cualquier reforma. Su riqueza surge de saquear lo público a través de una corrupción escandalosa que impregna a todos los estamentos del régimen. Se trata un parasitismo atroz que impide no solo el aprovechamiento del conjunto de las capacidades de la población, sino que debilita el tejido productivo mientras empobrece a la mayoría. Una oligarquía que ha transformado, tras el cambio del artículo 135 de la Constitución, al conjunto del aparato actual del Estado en un instrumento inútil para proteger a la población y garantizar el ejercicio real de sus derechos. Es incapaz de modificar las fuentes sobre las que se sustenta su poder.

Esta crisis económica que llega se suma a la política del régimen del 78, inepto para dar salida al problema de la pobreza, la desigualdad entre hombres y mujeres, o solución a unas finanzas públicas que no cobran a los ricos, ni garantizan financiación autonómica o municipal imprescindible para la población.  Por no mencionar la lucha por los derechos democráticos del conjunto de pueblos del reino, especialmente del catalán.

No sabemos cuándo entraremos en recesión. Lo que sí sabemos a 100 años de la instauración de la jornada de 8 horas y en medio del respiro que esta semana se ha dado la exitosa huelga del metal de Euskadi (a la espera de la respuesta patronal) es que para defender nuestros derechos, necesitamos luchar y abrir el camino a la libertad y fraternidad republicanas que nos harán más iguales. Solo así podremos hacerle frente a esa nueva crisis que llama a la puerta.