Llegó la tormenta Filomena a Madrid, la comunidad más desigual del reino y un paraíso neoliberal. Y la sorprendió con los centros de salud a media asta, sin rastreadores, sin suficientes teléfonos y medios técnicos, con los hospitales escasos de personal y camino de la saturación por una Covid ya disparada en sus contagios. Con muchas vacunas sin poner, sin suficientes profesores en los centros de estudio y con la Cañada Real Galiana y cuatro mil de sus habitantes sin suministro eléctrico. Filomena llegó a Madrid, a sus colas del hambre, a su pobreza energética y a su 20% de la población en riesgo de pobreza. El mayor temporal de nieve en décadas sacó todas sus vergüenzas a flote.

La nevada enterró calles, impidió durante días acceder a los hospitales, la circulación de las ambulancias o el funcionamiento de los centros de salud; detuvo trenes y aviones, dejó gente literalmente tirada en sus coches o en sus centros de trabajo, cortó suministros de luz, agua, gas butano o gasoil en decenas de miles de hogares; vació los lineales de los supermercados, mientras las calles rebosaban de bolsas de basura sin recoger.

Ha sido la mayor nevada en medio siglo y en esa realidad se refugian las diversas Administraciones para justificar su incompetencia. Ocultan que la ciencia avisó, y predijo su paso con más de siete días de antelación. Esconden que les dio exactamente igual. Ocurrió con este temporal como sucede con el personal sanitario que reclama medios contra la Covid o las peticiones de la comunidad educativa y las de los vecinos de la Cañada Real Galiana: no representan prioridades. Para las autoridades de la Comunidad y tras ella, para muchísimos de los 179 ayuntamientos que componen la región (poco importa su color político), había que “salvar la navidad”, las cabalgatas de reyes y las compras en medio de una ola de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos que crecía con fuerza. Hasta 48 horas después de la nevada que lo paralizó todo, no se vio aparecer a la presidenta autonómica, Díaz Ayuso, del PP y jefa de un gobierno de coalición con C’s gracias a los votos de Vox. En ese momento, comenzó un braceo desesperado para intentar que se notara lo menos posible que nadie había preparado nada ante la situación que se venía encima.

Ocho días después, mientras en los hospitales las lesiones traumatológicas por caídas debidas a las calles heladas compiten con los diagnósticos disparados de Covid, el hielo sigue siendo el protagonista de buena parte de los barrios de la capital y de una nada despreciable porción de las ciudades, insistimos, de la Comunidad más rica del reino.

En medio de la “nevada del siglo” el primer tuit de la presidenta de la Comunidad Díaz Ayuso fue para el Corte Inglés, no para sus conciudadanos. Éstos, a esas horas, ya habían agotado las palas, los picos, las carretillas y la sal de todas las ferreterías posibles y empezaban a ponerse de acuerdo para salir a la calle, y comenzar a retirar nieve y hielo, medio metro en muchas zonas, de sus hospitales, centros de salud o vías de acceso. La gente reactivó las redes surgidas ya en la crisis de 2008 pero, sobre todo, en el confinamiento de la primavera pasada. Grupos para realizar compras para los más mayores, para conseguir agua tras los masivos reventones de cañerías y para limpiar y posibilitar que los peatones pudieran salir de casa. La ciudadanía volvió a ser la única salvación. La Federación de Asociaciones de Vecinos, las redes de apoyo mutuo, las organizaciones de madres y padres de la enseñanza, todo ese mundo asociativo que tanto odian Vox y el resto de la derecha. Los de las “subvenciones”, como los denominan, demostraron, una vez más, la enorme utilidad y capilaridad de un tejido fundamental para defender los más elementales derechos y para proteger a la población.

¿Para qué sirven las instituciones?

No se trata de una pregunta baladí ante el colapso general vivido bajo el hielo, máxime cuando la idea que domina toda la vida pública en la derecha y en la inmensísima mayoría de la izquierda, es que la política se hace en las instituciones y desde las instituciones. Se nos afirma machaconamente que la gestión de ayuntamientos y gobiernos es la base de la acción política necesaria y posible, y el BOE representa su máxima concreción.

Para las derechas la gestión resulta bastante simple: el presupuesto público, las instituciones y el propio BOE constituyen el botín por el que pelean diversas fracciones de los poderosos. La clave para el político estaría en garantizarse la representación de una parte de esas fracciones o de varias de ellas, y asegurar leyes, contratos, posiciones de privilegio, comisiones y puestos para su futuro y el de los suyos. Se trata de la política del PP, C’s o Vox. La clase dominante es una minoría no homogénea, pero toda ella profundamente corrupta que usa las instituciones del régimen del 78, empezando por los ayuntamientos y terminando por el Tribunal Constitucional, como campo para esas batallas. Gestionarlas representa la clave; ahí está el negocio, no en la gente. Por ello, no hay nada en Madrid que pueda realizarse sin un enorme contrato privado en la mano, incluidas las vacunas de la Covid. Lo importante no es que el contrato “resuelva” el problema (sanitario, educativo, de vivienda, etc.) sino que asegure rentabilidad al que se quede con la gestión del pedazo en litigio y una comisión para el que se lo otorga. Esa es la gestión eficaz del neoliberalismo.

Para la izquierda el debate resulta más complicado. Porque para ella las instituciones representan a la vez que un medio de garantía de derechos, un espacio de lucha contra la minoría rica y su gestión. Un lugar de guerra de posiciones fundamental, ineludible ante cada elección, ante cada ley, ante cada impuesto, tasa o acto. Ahora bien, hechos como la pandemia, la pobreza galopante y ahora la nevada señalan los límites de una política centrada en el BOE y la institución, al menos bajo el régimen del 78 y su marco legal. La idea de que la institución lo “resuelve todo” choca con la realidad de los vecinos achicando nieve o montando grupos de Telegram de 4×4 para limpiar hospitales o trasladar enfermos y personal sanitario.

El “papá Estado” que encabezan los Borbones no parece capaz, por mucho que se use, de retirar con eficacia la nieve de aeropuertos y de calles, o de poner vacunas a buen ritmo. Es un Estado bueno para el contrato privatizador, para obligar a pagar la deuda municipal a los bancos o para dejar a la gente de la Cañada sin luz. Pero para restablecerla, garantizar el seguimiento de los enfermos o las oportunidades de empleo hace falta (como se comprueba) mucho más que sus instituciones. En una sociedad profundamente dividida en clases, cuya expresión más cristalizada es el propio Estado y esas instituciones, considerar que éste es neutral y que, como las palas sacando nieve, depende de la preparación y habilidad del que las maneja lo que salga del mismo, se estrella una y otra vez con la vida, que lo desmiente.

Llegó la propaganda para tapar la inutilidad institucional que para el pueblo y sus intereses tienen tales Administraciones. Un sálvese quien pueda que va desde el Estado pasando por la comunidad hasta el ayuntamiento mediano o más pequeño. Hemos visto vídeos de políticos con pala y zapatos de tafilete limpiado, vídeos repartiendo caldo a camioneros, pidiendo excavadoras o ayudando a sacar un vehículo del hielo. Hemos visto a la UME yendo un día a cada sitio para al final no quedarse en ninguno. Hemos visto dar las gracias a la policía o a los bomberos que cobran por su labor, pero solo palmaditas en la espalda con la boca pequeña a la gente que quita nieve en su calle y pone sus medios, tiempo y patrimonio para salir de esta situación de emergencia.

Zona catastrófica

Para combatir la nevada siguen sin emplearse, a día de hoy, todos los medios que posee la Comunidad de Madrid. Los bomberos forestales tienen 20 camiones parados y 200 efectivos en casa. Las brigadas de viabilidad invernal de la Consejería de Transportes están en la misma situación. Los conductores de las quitanieves y sus ayudantes igualmente están en casa y las máquinas, en sus bases de la sierra madrileña. Las brigadas de salvamento de catástrofes naturales de la Consejería de Vivienda, que se utilizan para ayudar en tsunamis y terremotos en el extranjero, también permanecen en sus respectivos domicilios. Nadie les ha dado instrucciones para salir a la calle y ponerse a trabajar.

Frente a ello, la propaganda es lo único que no ceja un segundo en medio del caos neoliberal. Propaganda que una parte de la izquierda compra sin complejos cuando, por ejemplo, acepta los conjuros del chamán del mercado para “salvar la navidad” contra los avisos de la ciencia.

El resultado, el desastre ha sido mayor; más gente perdió su salario, más personas no pudieron ir al hospital o niños y jóvenes no asisten a los centros de estudio. La falta de previsión ha provocado que los daños sean muy superiores.Quienes nada hicieron para reducir la magnitud del temporal de nieve intentan taparse unos a otros tras la declaración de “área afectada gravemente por una emergencia de protección civil” (Ley 17/2015 del Sistema Nacional de Protección Civil); o sea, la conocida como “zona catastrófica”.

Filomena representa un drama que necesita dinero e inversión. Urgen fondos, especialmente para los ayuntamientos. Toda medida es poca. Ahora bien, si no queremos que la auténtica orfandad institucional que vive la población continúe, es imprescindible que esos fondos sirvan para potenciar lo público, para empoderar los espacios que la ciudadanía va abriendo frente a la urgencia de estos problemas. No para salvar a las grandes empresas y cubrir la incompetencia de unos gobernantes que, a derecha e izquierda, compran el falso dogma de un Estado todopoderoso que la realidad desmiente a cada paso y en cada esquina.

La nieve que nos ha enterrado fue tanta que, como la acción vecinal demuestra, no hay gobierno ni régimen que pueda salir de ella sin la población apoyando. La izquierda no debería refugiarse en la fuerza del fenómeno meteorológico para buscar justificaciones a la inoperancia del marco monárquico y la suya propia. Debería mirar a esa población que ha tomado centenares de decisiones y se ha organizado; debería tenerla en cuenta como la base que hay que empoderar para conseguir esos derechos que nos garanticen un mejor futuro. El germen de la fuerza se encuentra en el común, en su empuje, en su acción.

Necesitamos más democracia, más unidad y proximidad entre la acción y la decisión. Más atención a la participación, protagonismo para los espacios de decisión popular; más comuna y menos gestión del farragoso, inútil, ortopédico y en crisis Estado de la segunda restauración. La izquierda debe cambiar esa política que todo lo supedita al BOE, hacerla menos dependiente del marco institucional y sus normas, y acercarla más a la vida y necesidades de las personas. Ésa es la forma mejor de utilizar las instituciones y combatir el desamparo en el que se siente sumida buena parte de la población. Es la manera de lograr que los esfuerzos positivos, solidarios, fraternales y de apoyo mutuo que de nuevo tomaron vida junto al hielo no se devengan en críticas a toda la política.

Carlos Girbau es concejal de Ahora Ciempozuelos y amigo de Sin Permiso.