Van con lo puesto, son casi diez mil divididos en tres marchas. Los primeros salieron el pasado 13 de octubre de San pedro Sula (Honduras). Su objetivo: alcanzar los EEUU. Su idea: conquistar una vida digna.

Son de Honduras, El Salvador o Belice. La inmensa mayoría son jóvenes en edad de trabajar, incluso entre ellos ya se han identificado a 2000 menores.

La riada de gente que recorre el norte del Ismo americano repite, una y otra vez, que no se van de su tierra, que los han echado.

Tras 30 años de acuerdos de libre comercio, presentados siempre como la panacea por sus firmantes, el saldo no puede ser más calamitoso. Las cifras oficiales hondureñas, que, junto con los salvadoreños, son el grueso de esas marchas, señalan como la pobreza alcanza ya al 68% de sus habitantes (6 millones de personas) y como la economía informal es el único empleo para más del 50% de quienes trabajan. En El Salvador las cifran poco cambian. Hambre, miseria, violencia de las maras y la policía y falta de futuro son el resumen de quienes se han puesto andar.

Los marchistas van recogiendo simpatías por allí por donde pasan. La gente organiza comidas populares y espacios para los niños. Es una escuela de solidaridad. Para los gobiernos, un campo con el que cebarse en el  racismo y la xenofobia.

Trump acusa a quienes caminan de traer con ellos todos los males del mundo y amenaza con lanzar sobre ellos toda su cólera. Trump habla de una marcha en la que se han reunido terroristas, enfermos, armas y todas las plagas bíblicas juntas.

Trump amenaza con terminar con la ayuda a aquellos estados que les han permitido salir, afirma que recibirá con el rifle a quienes lleguen y que deportará a quienes logren cruzar.
Quieren dividir, hacer de su guerra hambreadora contra los pobres, una guerra entre pobres para seguir llenándose los bolsillos.

No sabemos cuál será el final de la marcha, lo que sí sabemos es que su existencia es ya un grito a favor de la igualdad y la libertad en favor de derechos y de medios materiales para poderlos ejercer. Una prueba del fracaso de la política basada en la represión como el único medio de parar el hambre.

Qué se vaya aplicando el cuento el gobierno Sánchez que, al igual que el PP, ha hecho de las concertinas, las devoluciones en caliente y de la represión en la frontera su política oficial sobre la migración.