Tras la cumbre de la Unión Europea, Theresa May se volvió al Reino Unido con dos fechas en el bolsillo para el adiós de los británicos: el 22 de mayo y el 12 de abril. La primera solo será válida si los Comunes dan un sí a la propuesta de acuerdo de salida que ya en su día se pactó y que la misma cámara rechazó en dos ocasiones. La segunda fecha, la del 12 de abril, sería solo viable si se produjera un nuevo rechazo del parlamento de Westminster y representaría la marcha de la UE sin pacto alguno. Una situación que para la burguesía de ambos lados del  Canal de la Mancha se dibuja como la peor opción, pero que a la vez nadie parece tener capacidad de poder frenar.

A May la esperaban en Londres un buen número de ministros pidiendo su cabeza además de importantes manifestaciones en la calle reclamando un segundo referéndum que pudiera replantearlo todo desde el principio. En medio, la sombra de un posible adelanto electoral, cada vez más probable, pero del que los Tories huyen como si fuera la peste.

La burguesía británica no ve cómo salir del embrollo. Y la continental, tampoco. Más allá del referéndum y de sus idas y venidas, el problema de fondo, el que cada día resulta más evidente, es el agotamiento del actual proyecto UE a la par que una completa falta de alternativa al mismo.

El fracaso de la constitución europea y el estallido económico de 2007 trajo un reforzamiento del poder de la oligarquía financiera de la mano de la humillación del pueblo griego y del cambio del artículo 135 en el reino de España. Luego, llegaron los recortes, la burocracia de Bruselas, los hombres de negro, la troika y el Banco Central. En resumen, el blindaje del poder de las fracciones más poderosas del capital continental y su derecho a garantizarse el cobro parásito de una deuda pública más que discutible frente a cualquier otra voluntad. A la vez, en estos años hemos asistido a la llegada de millones de personas pidiendo refugio y asilo, y a cómo las autoridades comunitarias y de los diversos Estados rechazaban acogerlos, vulnerando la legalidad internacional y transformando el mar Mediterráneo en una inmensa fosa común. En este tiempo también hemos sido testigos del hundimiento de las explotaciones agrarias en el buena parte del continente y de cómo ha quedado impune el envenenamiento del aire provocado por los motores diésel de Volkswagen o PSA. Hemos sufrido el recorte de libertades en nombre de una falsa seguridad antiterrorista, el avance del racismo y la xenofobia en países enteros o el de la pobreza que ya alcanza a 117 millones de los 502 millones de personas que viven la UE.

Es el lento camino de una decadencia que, día tras día, empequeñece el círculo alrededor del plan de la oligarquía alemana, “la locomotora burguesa”. Un proyecto cada vez más neoliberal, más desigual entre personas y Estados, y menos democrático que vive el peligro de su lenta implosión.

En este panorama dominado por la decadencia institucional y política en la UE y de las crisis  de gobierno en varios de sus Estados (Brexit, Italia, Polonia, Hungría, Reino de España, chalecos amarillos en Francia, etc.) llegan el próximo 26 de mayo las elecciones europeas, las cuales van a coincidir en el Reino de España con las municipales y varias autonómicas.

Las izquierdas del reino deben entender la cita electoral como un medio de avanzar, desde abajo, hacia una alternativa que cambie radicalmente esta Europa neoliberal de banqueros, desigualdad, opresión y corsé de hierro sobre pueblos y gentes, y que se halla enferma sin remedio alguno. La alternativa se encuentra lejos en lo concreto, pero cada pequeño paso en esa dirección la acercará, sin duda, un poco más. Pasos de calle como la buena manifestación del domingo 24 en Alsasu que reunió a 60 mil personas contra la represión y pasos en las urnas, si somos capaces de ganar a la maldita abstención.