El pasado 19 de diciembre el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sentenció que Oriol Junqueras es parlamentario europeo de pleno derecho desde el momento de su elección el 13 de junio de 2019 y que, en consecuencia, goza de inmunidad parlamentaria. Por tal razón, el presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli, ha instado al Tribunal Supremo (TS) español y al Gobierno a que cumplan con la sentencia que acredita la condición de diputado de Junqueras. O lo que es lo mismo: que lo liberen para que pueda acudir a la Eurocámara y así realice los trámites que lo acreditan como tal, como ya han hecho, acogiéndose a la misma sentencia, Puigdemont y Comín.

Por su parte, la Fiscalía del Reino prefiere mantenerse en su realidad paralela y conmina al juez Llarena a no retirar las órdenes de detención contra Puigdemont y Comín, a la par que rechaza toda posible excarcelación de Junqueras.

El nudo argumental construido por el aparato del Estado del régimen del 78 para enfrentar, por la vía represiva y judicial, el movimiento democrático del pueblo de Catalunya a favor del derecho de autodeterminación y de la república se hunde irremediablemente. El juicio al procés a pesar de su vergonzosa y brutal sentencia no pudo mantener la absurda acusación de rebelión y a duras penas aguantó la de sedición. Ahora el TJUE niega incluso la cárcel.

Sin embargo, la Fiscalía, la mayoría de los medios de comunicación y el tridente constitucionalista monárquico (PP, C’s y Vox), junto a parte del aparato del PSOE, cree que, como la orquesta del Titanic, si continúan tocando su música el “mal escampará”.

Meses y meses sin gobierno, con repetición electoral incorporada, no pueden evitar que la realidad atrape incluso a aquellos que más la niegan. Una realidad que coloca los problemas democráticos, en su doble vertiente social y territorial, en el centro.

ERC se erige como la clave en este momento. Un partido que, tras su congreso del pasado fin de semana, continúa pidiendo gestos y diálogo para abstenerse y abrir la puerta al gobierno Sánchez-Iglesias.

Terminamos el año en medio de una parálisis que lejos de resolverse, parece que se aplaza al precio de profundizar la crisis general del régimen de la segunda restauración. Las sentencias europeas, la respuesta de la Fiscalía, el Parlamento europeo o los jueces, el mar de la desigualdad y la desaceleración que nos domina así lo atestiguan, incluso si llega a haber gobierno.

El nerviosismo comienza a palparse cuando el turrón llega a las casas y puede que el próximo año se inaugure con una sesión parlamentaria de investidura justo en la víspera de la noche de los magos de Oriente.