En Francia, los trabajadores del sector público de transportes llevan más de 25 días en huelga contra la reforma de las pensiones que quiere imponer el gobierno. Entrevistado uno de los huelguistas declaró: “Tras años de contarnos que el gobierno y las patronales son más fuertes, este movimiento de huelga demuestra que los trabajadores somos capaces de volver a levantar la cabeza y decir no, no estamos de acuerdo. Y eso es lo más importante de la huelga, hemos recuperado el orgullo. Estamos orgullosos de hacer este movimiento, de hacer la huelga y de mantenerla”. Efectivamente, orgullo hay que sentir de la oleada de protestas que está recorriendo el mundo. Orgullo por romper con la fatalidad de que nada o poco se podía hacer contra las políticas neoliberales y antidemocráticas que imponen los gobiernos. 
La lista de movilizaciones masivas afecta a todo el mundo: Argelia, Etiopía, Sudán, Líbano, Irak, Irán, Ecuador, Colombia, Argentina, Chile, Puerto Rico, Hong Kong, Cataluña, Francia, incluso en Estados Unidos se ha producido en la General Motors la huelga más larga en más de medio siglo.
Hacía décadas que el mundo no vivía una oleada como esta, probablemente haya que remontarse a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado para encontrar un proceso parecido. Dos problemas concentran las protestas populares. En primer lugar, la desigualdad creciente en todo el mundo, tanto en países más desarrollados como en menos desarrollados, ya tengan crecimiento económico o no lo tengan, el capitalismo globalizado actual tiende a concentrar cada vez más la riqueza. Entre 1980 y 2016 el 10% más rico de la población mundial se quedó con el 57% del crecimiento del ingreso; el 1% más rico con el 27%. En cambio, el 50% más pobre con solo el 12% del incremento; y el 40% con rentas intermedias con el 31%. 
El segundo elemento movilizador es la exigencia de libertades y de derechos democráticos, inexistentes, limitados o conculcados. Cada vez es más patente que la democracia no puede limitarse a ir a votar cada cierto tiempo, las clases trabajadoras, la ciudadanía, exige sentirse parte activa de las decisiones, controlar a los dirigentes y que la política represente la voluntad de la mayoría y evitar que una minoría, que controla los resortes económicos y de los Estados, imponga sus decisiones. Exigencias democráticas han movilizado a millones de personas en Hong Kong, en Argelia, en Líbano, en Cataluña, etc. Chile puede ser el ejemplo más sintomático. Empezaron las protestas denunciando el aumento del precio del transporte público y han desembocado en la exigencia de acabar con la Constitución del dictador Pinochet y abrir un proceso constituyente en el país. Si al conjunto de estos países movilizados le sumamos la exigencia mundial de las mujeres para lograr la igualdad de derechos y su emancipación y las protestas contra las amenazas climáticas producidas por el actual sistema de producción, tenemos un panorama de la lucha de clases a nivel mundial.
El conjunto de estas exigencias pone en entredicho el actual sistema económico y político que rige el mundo. El actual capitalismo globalizado representa la mayor concentración de poder en pocas manos y el mayor desprecio y limitación de los derechos individuales y colectivos. Nuestro país no es, ni mucho menos, ajeno a esa situación, pues es uno de los países europeos en los que más ha crecido la desigualdad y las limitaciones democráticas están bien a la vista, una monarquía que nadie ha elegido, leyes que limitan los derechos de expresión, manifestación e incluso de navegación por internet o impedir que el pueblo catalán pueda ejercer el derecho a la autodeterminación. El gobierno de coalición entre el PSOE y Podemos, que parece está a punto de obtener la investidura, se queda lejos de afrontar con decisión la respuesta a estos problemas.
Esta prometedora oleada mundial de movilizaciones tiene su debilidad en que la clase trabajadora y las organizaciones de izquierda revolucionarias se encuentran dispersas y desorganizadas para poder ofrecer una alternativa social y política. Ese es el reto más importante, tanto a nivel del Reino de España como a nivel internacional. Pongamos como deseo para el 2020 la voluntad consciente para revertir esa situación, para encontrar las alianzas y confluencias necesarias para que este proceso de protestas represente un giro a nivel mundial favorable a los intereses de las clases trabajadoras y los pueblos.